SENAQUERIB – Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología
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SENAQUERIB
2Ki 18:13-19:37
Senaquerib (heb. Sanjêrîb; aram. ínjryb y ínj’ryb; as. Sin-ahhê-erîba, “quiera [el dios] Sin aumentar el número de mis hermanos” o “el dios-luna ha aumentado [los] hermanos” o “Sin da más hermanos”). Rey asirio que sucedió a su padre Sargón II en el 705 a.C. y que gobernó durante 25 años (705-681 a.C.). Cruel e inflexible, Senaquerib cometió algunos errores políticos de consecuencias duraderas y, por causa de sus medidas, fue el hombre más odiado de esa era. Tampoco tuvo mucho éxito en su trato con el oeste. En el 701 a.C. aplastó una rebelión de príncipes de Siria y de Palestina: primero se apoderó de una cantidad de ciudades fenicias y, a continuación, avanzó hacia el centro de la rebelión en Palestina -las ciudades filisteas y el reino de Judá- para luchar contra Ezequías,* que habría sido el líder de la revuelta. En Judá destruyó numerosas ciudades: pretendió haberse apoderado de 46 ciudades fortificadas, además de numerosas aldeas, y de haber llevado al exilio 200.150 cautivos (el asiriólogo A. Ungnad cree que ese número se debería leer 2.150), junto con un despojo abundantísimo. 457. Relieve asirio que muestra al rey Senaquerib sobre su trono ante Laquis, en Palestina, durante el sitio de la ciudad. En la Biblia (2Ki 18:14,17; 19:8) se menciona su famoso asedio a la ciudad fortificada de Laquis, cuyo sitio y captura están ilustrados en toda una serie de relieves de un palacio real que está en el Museo Británico (figs 308, 457, 522). Jerusalén se salvo porque Senaquerib tuvo que levantar su campaña cuando se necesitaba con urgencia su ejército en Oriente (18:17). Por eso se limitó a pretender que “había hecho prisionero [a Ezequías] en Jerusalén, en su residencia real, como un pájaro en su jaula. Lo rodeé de contrafuertes para molestar a los que querían salir por las puertas de la ciudad”. Se tuvo que contentar con cobrarle un pesado tributo, lo cual figura en la Biblia y en los registros del rey asirio (2Ki 18:14-16). La detallada versión de esta campaña, inscripta en prismas de arcilla muy bien conservados, coincide en sus puntos principales con el relato bíblico, aunque difiere en los detalles (fig 216). Durante los siguientes 10 años estuvo ocupado en asuntos relacionados con Babilonia y Elam. Finalmente se cansó tanto de las frecuentes rebeliones de Babilonia, que destruyó la ciudad sin piedad y por completo (689 a.C.; tanto Merodac-baladán como su aliado elamita fueron derrotados); incluso inundó la región, al desviar las aguas del Eufrates, con el fin de transformarla en un pantano e impedir de ese modo su reconstrucción. Más tarde, después que el rey nubio Tiraka (Taharka)1078 ocupara el trono de Egipto, Senaquerib volvió con la intención de destruir el reino de Ezequías (2Ki 19:9 menciona un intento de Tiraka de salir en su ayuda). Esta campaña terminó en un desastre, circunstancia que explica su omisión en los anales del rey. Puesto que Tiraka no abandonó Nubia, su patria, hasta c 689 a.C. (cuando fue corregente con su hermano a la edad de 20 años), no podemos darle a esa campaña una fecha anterior. Por tanto, tenemos que llegar a la conclusión de que los registros bíblicos de los cps 18-20 y paralelos se refieren a 2 campañas distintas y no a una sola, como lo supondría una lectura superficial de la narración. Tuvo que haber sido durante esta última campaña cuando el ejército de Senaquerib sufrió la desastrosa pérdida que aparece en las Escrituras, cuando un ángel lo hirió durante el asedio a Jerusalén. Aunque los registros asirios naturalmente guardan silencio acerca de ese desastre, la Biblia lo menciona (2Ki_18; 19; 2Ch_32; Isa_37) y no lo olvidaron las otras naciones de la antigüedad, como lo prueba el relato del historiador griego Herodoto. Mientras visitaba Egipto, 200 años después de la muerte de Senaquerib, se le dijo que cuando el rey asirio avanzaba rumbo a Egipto, una enorme cantidad de ratas se comió las cuerdas de los arcos de los soldados, de manera que éstos huyeron presas del pánico. Como se consideraba que las ratas eran portadoras de la fiebre bubónica, se cree generalmente que esta historia implica la aparición brusca de esta enfermedad entre las filas de los asirios. Hay pocas razones para dudar de que ésta sea la versión egipcia de la catástrofe de que se nos habla en el v 35. Senaquerib fue el gran reconstructor de Nínive, que en su época se convirtió en la ciudad más hermosa y gloriosa de la antigüedad por introducir nuevos métodos de construcción. Además, se interesó mucho en las mejoras técnicas de sus maquinarias de guerra. También construyó un acueducto que traía agua para la capital y la zona circundante desde las montañas del oriente, ubicadas a unos 48 km de distancia. Se podía cruzar el río Gomer gracias a un puente de arco de unos 300 m de largo, posiblemente el 10 permanente de piedra de la historia. En el 681 a.C. Senaquerib fue asesinado por sus 2 hijos, Adramelec y Sarezer, quienes tal vez estaban celosos de Esar-hadón, el príncipe heredero (2Ki 19:37; 2Ch 32:21). Aunque este crimen figura en varios textos contemporáneos, todas las referencias a él son tan vagas y ambiguas que una reconstrucción detallada de los acontecimientos sigue siendo imposible. Los asesinos no tuvieron éxito en su intento de apoderarse del trono y fueron expulsados por Esar-hadón, que sucedió a su padre. Bib.: E. G. Kraeling, JAOS 53 (1933):335-346; A. Ungnad, ZAW 59 (1942-43):199-202; W. F. Albright, BASOR 130 (1953):8, 9; ANET 287-290, 302.
Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico
hijo y sucesor de Sargón II en el reino de Asiria, 704- 681 a.C. Trasladó la capital del reino Dur Sharrukin, construida por su padre, a Nínive. El año 689 a. C., S. saqueó y destruyó Babilonia.
El año 701 conquistó gran parte del reino de Judá le quitó 46 ciudades al rey Ezequías y le impuso un gravoso tributo, 2 R 18-13-16; se habla de una segunda incursión de S. en Judá, después de la toma de Lakís, ca. 690 a. C., en la cual fracasó, pues su ejército fue diezmado por una peste, y S. se devolvió a Nínive, 2 R 18, 17-37; 19, 1-36; 2 Cro 32, 1-22; Is 36; 37. S. fue muerto por dos de sus hijos, Saréser y Adrammélek, en el templo del dios Nisrok, en Nínive. En su lugar reinó Asarjaddón, 2 R 19, 37.
En los Anales asirios se habla de la incursión y toma de las ciudades de Judá, pero se ignora el fracaso de S. mencionado en las Escrituras Sené, uno de los picachos, al sur, frente a Gueba, del desfiladero por donde Jonatán, hijo de Saúl, llegó hasta una avanzadilla de los filisteos y los derrotó, 1 S 14, 4-5.
Diccionario Bíblico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003
Fuente: Diccionario Bíblico Digital
(hebreo sanheriv; asir. Sinahe-irba, Sin [dios de la luna]
hermanos multiplicados). Fue un rey asirio (705-681 a. de J.C.), el hijo y sucesor de Sargón II (722-705). Restableció a Nínive como capital, sobre la ribera oriental del Tigris, frente a la actual ciudad de Mosul. Está representada hoy por los montículos de Kuyunjik y Nebi Yunus (†œprofeta Jonás†).
Senaquerib construyó palacios, templos, muros de la ciudad y un sistema de agua. Fue un soldado capaz y es en esta capacidad que mejor se le recuerda.
En su ascenso al trono, se encontró con la necesidad de lidiar con revueltas a través de todo el imperio. Exasperado por las repetidas intrigas de Babilonia y de su rey, Merodac-baladán, finalmente redujo la ciudad a ruinas en el 689 a. de J.C. En Occidente, también había rebelión; entre los rebeldes estaba Ezequías de Judá. En su tercera campaña en 701 a. de J.C., Senaquerib marchó a occidente para resolver esas dificultades. Senaquerib tomó a Sidón y entonces se dirigió hacia el sur, recibiendo tributo y capturando Ascalón Betdagón, Jope y otras ciudades de Palestina. En Elteque (comparar Jos 19:44; Jos 21:23), derrotó a una coalición de palestinos, más algunas fuerzas egipcias.
Ezequías había tomado a Padi, el rey de Ecrón, que se había aliado con Senaquerib, y lo había hecho cautivo. Senaquerib ahora se apoderó de Ecrón y volvió a poner a Padi sobre su trono. El no tomó a Jerusalén, mas se glorió de que él había encerrado a Ezequías †œcomo pájaro en una jaula†. El AT presenta tres registros de esta invasión y sus resultados (2Ki 18:13—2Ki 19:17; 2Ch 32:1-22; Isa 36:1—Isa 37:38).
Fue durante el XIV año de Ezequías que Senaquerib vino en contra de Judá y tomó todas sus ciudades fortificadas. Ezequías ofreció pagar tributo y tuvo que despojar el templo de sus tesoros para hacer el pago. La Biblia relata que Jerusalén fue liberada por el Señor, quien envió a su ángel a herir al ejército asirio y forzó a Senaquerib a retirarse a su tierra de origen (2Ki 19:35-36; 2Ch 32:21; Isa 37:36-37). De regreso a Nínive, Senaquerib fue asesinado por dos de sus hijos en el 681 a. de J.C. (2Ki 19:37; Isa 37:38) en un esfuerzo por frustrar la sucesión que él había decretado para Esarjadón, mas Esarjadón estuvo a la altura de la situación y ganó el trono.
Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano
Senaquerib, hijo de Sargón II, fue rey de *Asiria desde el 705 hasta el 681 a. de J.C. El encaró serios desafíos en 703 a. de J.C. , cuando Merodac-baladán intentó unificar a las tribus caldeas y arameas que estaban guerreando entre sí, contra Senaquerib y Asiria. Con ayuda elamita, Merodacbaladán ocupó Babilonia y procuró fortalecer su posición enviando mensajeros a los vasallos asirios del oeste a fin de incitarlos a rebelarse (véase Is. 39). Senaquerib derrotó a los elamitas y caldeos cerca de *Kis y tomó control de Babilonia. Sin embargo, los reyes de Sidón y Tiro se aprovecharon de los problemas de Senaquerib en el Oriente y rehusaron pagar tributo. Un poco más al sur, Ezequías de Judá,s quien había recibido un mensaje de Merodacbaladán (2 R. 20:12, 13), tomó al gobernador proasiriso de *Ecrón.
Senaquerib apareció con su ejército y la resistencia en *Fenicia decayó rápidamente. Sin embargo, las ciudades filisteas de Ecrón, Asdod y Ascalón pelearone y Egipto envió un ejército contra Senaquerib. En Elteque, Senaquerib derrotó a los egipcios y desde su campamento en Laquis, Senaquerib insistió en que Ezequías se rindiera y pagara tributo.
Los eventos del sitio de Senaquerib están registrados en 2 R. 18 y en los anales del propio Senaquerib. La edición final de los anales de Senaquerib se ha conservado en el Prisma del Instituto Oriental y en el así llamado Prisma de Taylor en el Museo Británico. Los escribas de Senaquerib hablan de cuarenta y seis ciudades de Ezequías que cayeron a los asirios †œpor los asaltos con arietes y los golpes de máquinas lanzadoras y el ataque de soldados a pie, zapadores, brechas y hachas†. De Ezequías él escribe: †œEl mismo, como un ave en una jaula en medio de Jerusalén, su ciudad real, yo lo encerré.† Aunque Senaquerib recibió tribute de Ezequías es evidente que no pudo tomar Jerusalén.
De las cuarenta y seis ciudades tomadas, *Laquis parece ser la que ofreció la mayor resistencia. En uno de los cuartos del palacio descubierto por A. H. Layard en Nínive en 1849, había trece lajas de piedra en bajo relieve que representaban un ataque a una ciudad bien fortificada. Frente al rey que estaba entronado en una colina delante de la ciudad sitiada, estaba una corta inscripción cuneiforme afirmando que Senaquerib estaba sentado en el trono mientras inspeccionaba el botín tomado de Laquis.
BIBLIOGRAFIA: D. D. Luckenbill, The Annals of Sennacherib, University of Chicago Press, Chicago, 1924. A. Leo Oppenheim, ANET , págs. 187–188.
Fuente: Diccionario Bíblico Arqueológico
(Que Sin [dios lunar] multiplique hermanos). Rey asirio (705-681 a.C.). Cuando arribó al trono ya Israel había sido subyugado por su padre Sargón II. Pero †¢Ezequías rey de Judá se rebeló, haciendo alianza con Egipto y contactos con Merodac-baladán, rey caldeo que se rebeló también contra S. (2Re 20:12-19; Is. 39). Cuando S. pudo controlar a Babilonia vino †œcontra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó† (2Re 18:13). Estando en †¢Laquis envió emisarios a †¢Ezequías exigiendo un enorme tributo, lo cual éste pagó. Pero de todas maneras sitió a Jerusalén con su ejército al mando del †¢Tartán, el Rabsaris y el Rabsaces. Dios, a través de Isaías, prometió liberación. Y †œaquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil†. S. volvió a su tierra, donde murió asesinado por dos de sus hijos (2Re 18:13-37; 2Re 19:1-37; 2Cr 32:1-22; Isa 36:1-22; Isa 37:1-38). En la historia secular existen dos versiones sobre la suerte del ejército asirio y el levantamiento del sitio. Herodoto dice que lo que les atacó fue una legión de ratas, mientras que el historiador caldeo Berosio alega que fue una enfermedad pestilencial. Una leyenda judía señala que los asesinos de S., sus dos hijos, llegaron a vivir en Jerusalén y fueron prosélitos.
Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano
tip, BIOG REYE HOMB HOAT
vet, (ac.: “Sin [el dios de la luna] ha multiplicado los hermanos”). Hijo y sucesor de Sargón, rey de Asiria. Invadió Siria y Palestina en el año decimocuarto del reinado de Ezequías. Ezequías reconoció que era culpable, y le pagó un tributo de trescientos talentos de plata y treinta talentos de oro. Senaquerib dejó un registro de ello en una tableta de arcilla. Afirma que capturó cuarenta y seis ciudades fortificadas y las fortalezas y pueblos a su alrededor que pertenecían a Ezequías el judío, llevándose cautivas a 200.150 almas, y caballos, mulas, asnos, camellos, bueyes y ovejas sin cuenta, etc. Encerró a Ezequías en su casa en Jerusalén como a un pájaro en su jaula (cfr. 2 R. 18:13-16; 2 Cr. 32:1-8). Durante su segunda invasión, Senaquerib envió insultantes e impíos mensajes a Ezequías, que evidentemente estaba otra vez apoyándose en Egipto. Pero un ángel de Dios destruyó el ejército asirio. Naturalmente, los monumentos asirios silencian este hecho. El rey volvió a Asiria, y no se aventuró a invadir Palestina otra vez. Finalmente, fue asesinado por dos de sus hijos, y fue sucedido por Esar-hadón, otro de ellos (2 R. 18:17-37; 19:1-37; 2 Cr. 32:9-22; Is. 36; 37). Es evidente que Senaquerib estaba en corregencia con Sargón en el año 714 a.C. cuando invadió Judea por primera vez; reinó en solitario desde el año 705 hasta el año 681 a.C.
Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado
(del acadio, significa: †œSin [el dios-luna] Ha Tomado el Lugar de Hermanos para Mí†).
Hijo de Sargón II; rey de Asiria. Aunque heredó de su padre un imperio de gran solidez, se vio obligado a pasar la mayor parte de su reinado sofocando sublevaciones, en particular de la ciudad de Babilonia.
Parece ser que Senaquerib fue gobernador o general de la región septentrional de Asiria durante el reinado de su padre. Después de heredar el trono, esta región debió causarle pocos problemas. Más bien, sus dificultades le vinieron principalmente del S. y del O. El caldeo Merodac-baladán (Isa 39:1) abandonó su refugio en Elam, al que le había obligado a ir Sargón, el padre de Senaquerib, y se proclamó rey de Babilonia. Senaquerib marchó contra él y sus aliados elamitas y los derrotó en Kish. Sin embargo, Merodac-baladán logró escapar y se escondió durante otros tres años. Senaquerib entró en Babilonia y puso en el trono a Bel-ibni como virrey. Posteriormente efectuó otras expediciones punitivas para contener a los pueblos de las regiones montañosas de los alrededores de Asiria.
Luego, en lo que Senaquerib califica como su †œtercera campaña†, avanzó contra †œHatti†, término que en aquel tiempo debía referirse a Fenicia y Palestina. (La Sabiduría del Antiguo Oriente, edición de J. B. Pritchard, 1966, pág. 235.) Esta zona se había rebelado contra el yugo asirio. Entre los que habían rechazado esa dominación estaba el rey Ezequías de Judá (2Re 18:7), aunque no hay indicios de que se hubiese coligado con los otros reinos sublevados.
En el año decimocuarto de Ezequías (732 a. E.C.), las fuerzas de Senaquerib avanzaron hacia el O., capturaron Sidón, Aczib, Akkó y otras ciudades de la costa fenicia y a continuación se dirigieron hacia el S. Algunos reinos atemorizados, entre ellos Moab, Edom y Asdod, enviaron tributos en prueba de su sumisión. La recalcitrante Asquelón fue tomada por la fuerza, junto con las ciudades cercanas de Jope y Bet-dagón. Una inscripción asiria acusa al pueblo y a los nobles de la ciudad filistea de Eqrón de haber entregado a su rey Padi a Ezequías, quien según Senaquerib, †œle mantuvo encarcelado, ilegalmente†. (La Sabiduría del Antiguo Oriente, págs. 235, 236; compárese con 2Re 18:8.) Se dice que los habitantes de Eqrón habían solicitado ayuda a Egipto y a Etiopía para evitar o frustrar el ataque asirio.
El registro bíblico indica que aproximadamente para este tiempo Senaquerib atacó Judá, y sitió y capturó muchas de sus ciudades y pueblos fortificados. Ezequías envió un mensaje a los asirios que estaban en Lakís, en el que les ofrecía pagar el tributo que Senaquerib impusiera. (2Re 18:13, 14.) La captura de Lakís por parte de Senaquerib se presenta en un friso, donde aparece sentado sobre un trono ante la ciudad vencida, aceptando los despojos que le llevaban de aquella ciudad mientras se torturaba a algunos de los cautivos.
El relato bíblico no indica si se liberó al rey Padi, en caso de que en realidad fuese un cautivo de Ezequías, pero muestra que este pagó el tributo de 300 talentos de plata (c. 1.982.000 dólares [E.U.A.]) y 30 talentos de oro (c. 11.560.000 dólares [E.U.A.]) que pidió Senaquerib. (2Re 18:14-16.) Sin embargo, Senaquerib envió un comité de tres oficiales para pedir al rey y al pueblo de Jerusalén que capitularan y con el tiempo se sometieran a ser enviados al exilio. El mensaje asirio despreciaba de manera particular la confianza de Ezequías en Jehová. Mediante su vocero, Senaquerib alardeó, diciendo que Jehová sería tan impotente como los dioses de los países que ya habían caído ante el poder asirio. (2Re 18:17-35.)
El comité asirio regresó a Senaquerib, quien a la sazón estaba luchando contra Libná, y se oyó decir †œrespecto a Tirhaqá el rey de Etiopía: †˜Mira que ha salido a pelear contra ti†™†. (2Re 19:8, 9.) Las inscripciones de Senaquerib hablan de una batalla en †œElteqeh† (c. 15 Km. al NNO. de Eqrón), en la que afirma haber derrotado un ejército egipcio y las fuerzas del †œrey de Etiopía†. Luego narra su conquista de Eqrón y cómo volvió a poner en el trono al liberado Padi. (La Sabiduría del Antiguo Oriente, pág. 236.)
Jehová derrota al ejército de Senaquerib. En cuanto a Jerusalén, aunque Senaquerib había enviado cartas amenazadoras advirtiendo a Ezequías que no había desistido de su determinación de tomar la capital de Judá (Isa 37:9-20), el registro muestra que los asirios ni siquiera †œ[dispararon] allí una flecha†, †œni [alzaron] contra ella cerco de sitiar†. Jehová, de quien Senaquerib se había mofado, envió un ángel, que en una noche derribó a †œciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios†, lo que obligó a Senaquerib a regresar †œcon rostro avergonzado a su propio país†. (Isa 37:33-37; 2Cr 32:21.)
Las inscripciones de Senaquerib no mencionan nada respecto al desastre que sufrieron sus fuerzas. Pero, como comenta el profesor Jack Finegan, †œen vista del tono jactancioso que impregna habitualmente las inscripciones de los soberanos asirios, […] difícilmente cabría esperar que Senaquerib registrara tal derrota† (Light From the Ancient Past, 1959, pág. 213). No obstante, llama la atención la versión que Senaquerib presenta del asunto, según se halla inscrita en lo que se conoce como el Prisma de Senaquerib, conservado en el Instituto Oriental de la universidad de Chicago. Dice en parte: †œEn cuanto a Ezequías el Judío, no se sometió a mi yugo. Puse sitio a 46 de sus ciudades fuertes, baluartes e innumerables aldehuelas de sus inmediaciones, y (las) conquisté mediante terraplenes bien construidos y arietes acercados (a los muros), (combinados con) el ataque de infantes, y (usando) minas, brechas y trabajo de zapa. Saqué (de ellas) 200150 personas, jóvenes y ancianos, varones y hembras, caballos, mulas, asnos, camellos, ganado mayor y menor sin cuento, y (los) consideré botín. A él mismo [Ezequías] hice prisionero en Jerusalén, su residencia real, como a un pájaro en una jaula. […] Las ciudades que había pasado a saco desgajé de su país y las entregué a Mitinti, rey de Ašdod, a Padi, rey de Eqrón, y a Sillibel, rey de Gaza. […] El propio Ezequías […] me envió más tarde a Nínive, mi ciudad señorial, además de 30 talentos de oro, 800 talentos de plata, piedras preciosas, antimonio, grandes bloques de piedra roja, lechos (ataraceados) con marfil, sillas nimedu (ataraceadas) con marfil, cueros de elefante, madera de ébano, madera de boj (y) toda clase de valiosos tesoros, sus hijas, concubinas, músicos y músicas. Para entregar el tributo y rendir obediencia como un esclavo envió su mensajero (personal)†. (La Sabiduría del Antiguo Oriente, págs. 236, 237.)
Aunque esta jactanciosa versión aumenta en gran manera la cantidad de talentos de plata enviados —pues en lugar de 300 dice 800—, y debe hacer lo mismo con otros detalles del tributo pagado, en otros aspectos confirma de manera extraordinaria el registro bíblico y muestra que Senaquerib no afirmó que había tomado Jerusalén. Debería notarse, sin embargo, que Senaquerib presenta el asunto del pago del tributo de Ezequías como posterior al sitio de Jerusalén, mientras que el relato bíblico muestra que fue anterior. Sobre la probable razón para esta inversión en el orden de los sucesos, nótese la observación que hace Funk and Wagnalls New Standard Bible Dictionary (1936, pág. 829): †œEl final de esta campaña de S[enaquerib] está velado en la oscuridad. Lo que hizo después de capturar Eqrón […] todavía es un misterio. En sus anales, S[enaquerib] sitúa en estos momentos el castigo que infligió a Ezequías, su incursión en el territorio de Judá, y su reparto del territorio y las ciudades de Judá. Este orden en los acontecimientos parece un velo para cubrir algo que no desea mencionar†. El registro bíblico muestra que Senaquerib volvió rápidamente a Nínive después de lo que Dios hizo con sus tropas, así que el relato invertido de Senaquerib sitúa de manera conveniente el tributo de Ezequías como si se lo hubiera pagado por medio de un mensajero especial en Nínive. Ciertamente es significativo que las inscripciones antiguas y los registros no hablen de campañas posteriores de Senaquerib en Palestina, aunque los historiadores afirman que siguió reinando otros veinte años.
El historiador judío del siglo I E.C., Josefo, dice citar de Beroso, historiador babilonio (posiblemente del siglo III a. E.C.), cuando escribe: †œSenaquerib, de la expedición de Egipto regresó a Jerusalén, donde encontró a las tropas comandadas por Rapsaces en gran peligro por la peste. Dios les envió una enfermedad que, en la primera noche en que sitiaron a la ciudad mató a ciento ochenta mil soldados, con sus capitanes y centuriones† (Antigüedades Judías, libro X, cap. I, sec. 5). Algunos comentaristas intentan explicar el desastre refiriéndose a un relato de Heródoto (Historia, II, 141), del siglo V a. E.C., en el que cuenta que sobre el campamento asirio †œcayó durante la noche un tropel de ratones campestres que royeron sus aljabas, sus arcos y, asimismo, los brazales de sus escudos†, lo que los incapacitó para la invasión de Egipto. Este relato obviamente no coincide con el registro bíblico, ni tampoco armoniza con las inscripciones asirias. No obstante, los relatos de Beroso y Heródoto reflejan el hecho de que las fuerzas de Senaquerib sufrieron una repentina calamidad en esta campaña.
Sin embargo las dificultades de Senaquerib no habían terminado, pues cuando regresó a Asiria, tuvo que aplacar otra revuelta en Babilonia provocada por Merodac-baladán. Esta vez Senaquerib colocó a su propio hijo Asurnadinsumi como rey de Babilonia. Seis años más tarde, se embarcó en una campaña contra los elamitas, pero estos pronto se vengaron invadiendo Mesopotamia. Capturaron a Asurnadinsumi y colocaron a su propio rey en el trono de Babilonia. Siguieron varios años de lucha por el control de la región, hasta que finalmente Senaquerib, airado, se vengó de Babilonia arrasándola, una acción sin precedente en vista de que en toda Mesopotamia se consideraba a Babilonia una †œciudad santa†. Al parecer, los restantes años del reinado de Senaquerib no tuvieron mayores incidentes.
Se cree que la muerte de Senaquerib aconteció unos veinte años después de su campaña contra Jerusalén. Este dato depende de los registros asirios y babilonios, y su confiabilidad es dudosa. De todos modos, debería notarse que el relato bíblico no dice que la muerte de Senaquerib se produjese tan pronto como regresó a Nínive. †œMás tarde entró en la casa de su dios† Nisroc, y sus hijos, Adramélec y Sarézer, †œlo derribaron a espada†, y escaparon a la tierra de Ararat. (2Cr 32:21; Isa 37:37, 38.) Una inscripción de su hijo y sucesor, Esar-hadón, confirma esta declaración. (Ancient Records of Assyria and Babylonia, de D. Luckenbill, 1927, vol. 2, págs. 200, 201; véase ESAR-HADí“N.)
Edificación. El Imperio asirio, por consiguiente, no experimentó ninguna expansión particular bajo Senaquerib. Sin embargo, este monarca llevó a cabo un ambicioso proyecto de edificación en Nínive, ciudad a la que devolvió la capitalidad. El inmenso palacio que erigió en ella era un complejo de salones, patios y cuartos lujosos que abarcaban una zona de unos 450 m. de longitud por unos 210 m. de anchura. Introdujo en la ciudad agua que provenía de 48 Km. de distancia, construyendo un acueducto sobre el río Gómer conocido como el acueducto Jerwan. Sus aguas se utilizaron para el riego de jardines y parques, así como para llenar la fosa que rodeaba la ciudad, y de este modo reforzó sus defensas.
Fuente: Diccionario de la Biblia
Senaquerib (heb. sanḥêrı̂b [aunque posiblemente se deba pronunciar śnhrı̂b como en los papiros arm.; JSS 21, 1976, pp. 9]; as. Sin-aḫḫē-eriba, ‘Sin [dios-luna] ha aumentado los hermanos’) gobernó Asiria en 705–681 a.C. Cuando su padre, a quien había servido como gobernador de la frontera N, fue asesinado, Senaquerib marchó primero a Babilonia, donde Marduk-apla-iddina II (* Merodac-Baladán) se había rebelado. Había expulsado a un candidato local Marduk-zakir-sum en 703 a.C. y se encontraba reclutando apoyo contra Asiria. Probablemente fue en esa época aproximadamente que Merodac-baladín mandó emisarios a Ezequías de Judá (2 R. 20.12–19; Is. 39). A fines del 702 a.C. Senaquerib derrotó a los caldeos y sus aliados elamitas y árabes en batallas en Cuta y en Kis. Luego fue bien recibido en Babilonia, donde puso a Bel-ibni en el trono. Los asirios saquearon Bit-yakin y regresaron a Nínive con muchos prisioneros, aunque Merodac-baladán mismo escapó a Elam.
Senaquerib tuvo pocas dificultades para controlar la frontera N, zona que le resultaba muy conocida desde la época en que fue príncipe heredero. Después de una serie de incursiones contra los pueblos montañeses en el E arremetió contra el O, donde una coalición antiasiria, apoyada por Egipto, estaba adquiriendo poder. El líder, Ezequías de Judá, había apresado a Padi, el gobernador proasirio de Ecrón (2 R. 18.8), había fortalecido las fortificaciones y mejorado los suministros de agua de Jerusalén mediante la construcción del túnel de *Siloé (2 R. 20.20), y había pedido ayuda a Egipto (Is. 30.1–4).
La tercera campaña de Senaquerib en el año 14 (701 a.C.) de Ezequías estuvo dirigida contra esta coalición. Primero marchó por la costa fenicia, capturando Sidón la grande y la pequeña, Sarepta, Mahalliba (* Ahlab), Usu, Aczib y Aco, pero sin intentar sitiar Tiro. Remplazó a Luli (Eluleo), rey de Sidón, quien huyó y murió en el exilio, por Etbaal (Tubaal). Los reyes de Sidón, Arvad, Biblos, Bet-amón, Moab y Edom se sometieron, pero Ascalón se negó y, con sus ciudades vecinas, entre las que se encontraban Bet-dagón y Jope, fue despojado. Senaquerib afirma haber marchado a Elteque, donde derrotó a un ejército egipcio. Luego mató a los nobles de Ecrón por haber entregado a Padi a Ezequías, y mandó destacamentos a destruir 46 ciudades amuralladas y muchas aldeas en Judá, de los que se llevó 200.150 personas y mucho botín. Él mismo tomó parte en el sitio y capturó Laquis, y en los relieves del palacio aparece examinando el botín. Desde allí mandó oficiales a exigir la rendición de Jerusalén (2 Cr. 32.9).
En el relato que Senaquerib mismo hizo de esta campaña afirma que le exigió tributo a Ezequías (Anales) y describe la forma en que sitió a “Ezequías el judío … lo encerré como un pájaro enjaulado dentro de su capital real, Jerusalén. Coloqué puestos de observación alrededor de la ciudad y entregué a su destino cualquiera que saliese por la puerta de la ciudad” (prisma de Taylor, MB). Ezequías pagó tributo a los asirios (2 R. 18.13–16; Is. 36.1s), tributo que posteriormente fue enviado a Nínive (prisma de Taylor, fechado 691 a.C.), y liberó a Padi, a quien se entregaron luego algunos de los territorios anteriormente pertenecientes a Judea.
El relato de Senaquerib no hace ninguna mención de la conclusión del sitio (cf. 2 R. 19.32–34) o de la derrota del ejército asirio por mano del Señor, tal vez mediante una plaga (v. 35) descrita por Herodoto (2.141) como “una multitud de ratones del campo que de noche devoraron todas las aljabas y flechas del enemigo, y todas las correas mediante las cuales sostenían sus yelmos… a la mañana siguiente comenzaron la lucha y grandes cantidades de ellos cayeron porque no tenían armas con las cuales defenderse”.
La mayoría de los estudiosos sostiene que la mención del avance de las fuerzas egipcias bajo *Tirhaca (2 R. 19.9; Is. 37.9) es un anacronismo (pero véase K. A. Kitchen, Third Intermediate Period in Egypt, 1972). Más aun, considera que 2 R. 19.37 supone que la muerte de Senaquerib ocurrió poco después de su regreso a Nínive. Por lo tanto postula una segunda campaña asiria contra Jerusalén, sin éxito, quizá después del ataque a los árabes en 689–686 a.C. Ni los anales asirios existentes ni las crónicas babilónicas mencionan dicha campaña, y los vv. 36s no indican necesariamente el lapso de tiempo entre el regreso de Senaquerib de Palestina y su muerte en 681 a.C., el que debe haber sido de varios años, cualquiera sea la interpretación. De modo que la teoría de una sola campaña en 701 a.C. puede sostenerse todavía razonablemente.
En 700 a.C. los asirios marcharon una vez más a Babilonia, donde Bel-ibni se había rebelado. Senaquerib colocó a su propio hijo, Assur-nadin-sum, en el trono, el que gobernó hasta que fue capturado por los elamitas. En la serie de campañas que siguieron, Senaquerib combatió a los elamitas, y en 694 montó una expedición naval a través del golfo Pérsico contra los que habían dado asilo a Merodac-baladán. Erec fue capturada y, finalmente, Babilonia fue saqueada en 689 a.C. En otras fronteras Senaquerib invadió Cilicia y capturó Tarso, incursionando también contra los árabes al S y al E de Damasco.
En su propia tierra Senaquerib fue ayudado por su enérgica esposa semita, Naqia-Zakutu, en la reconstrucción de Nínive, donde construyó un “palacio sin rival”, un arsenal, nuevos muros y puertas para la ciudad. Proveyendo una nueva fuente de suministro de agua desde el río Gomel (Bavian), conducida por un acueducto (Jeruán) hasta un dique (Ajeila) al E de la metrópoli, le fue posible regar parques y grandes extensiones de tierra, como también mejorar las defensas naturales de Nínive formadas por los ríos Tigris y Khosr.
También edificó extensamente en Asur y Kakzi e introdujo muchos adelantos tecnológicos.
Senaquerib fue asesinado por sus hijos mientras adoraba en el templo de Nisroc (2 R. 19.37). La huida de los hijos, posiblemente *Adramdlec y *Sarezer, podría estar reflejada en un relato de los disturbios que siguieron a su muerte en diciembre de 681 a.C. hecho por su hijo menor Esar-hadón, que había sido elegido príncipe heredero en 687 a.C., y que entonces sucedió al trono (v. 37). Hay poco apoyo para la teoría de que Esar-hadón es el “hijo” no identificado por nombre que se menciona como asesino en la Crónica babilónica, o que la muerte ocurrió en Babilonia.
Bibliografía. S. Herrmann, Historia de Israel, 1979, pp. 329–335; G. E. Wright, Arqueología bíblica, 1975, pp. 239–251.
D. D. Luckenbill, The Annals of Sennacherib, 1924; D. J. Wiseman en DOTT, pp. 64–73.
D.J.W.
Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.
Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico
Imagen de perfil de AdministradorAutor AdministradorPublicado el 5 Febrero, 2016Categorías Diccionario
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Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología
domingo, 22 de enero de 2017
La Guerra de Los Dioses y Los Hombres - 1
La Guerra de Los Dioses y Los Hombres - 1
1 LAS GUERRAS DEL HOMBRE En la primavera de 1947, un muchachito que buscaba una oveja de su rebaño, perdida en los estériles acantilados que se elevan sobre el Mar Muerto, descubrió un cueva en la que encontró unas vasijas de barro en cuyo interior se hallaban ocultos unos manuscritos hebreos. Aquellos manuscritos, y otros que se descubrieron en la zona en los años siguientes, denominados colectivamente como los Manuscritos del Mar Muerto, habían permanecido ocultos durante casi dos mil años, cuidadosamente envueltos y escondidos durante los turbulentos años en que Judea tuvo que soportar el poderío del imperio romano. ¿Formarían parte de la biblioteca oficial de Jerusalén, que se sacó de la ciudad antes de que ésta y su templo cayeran en el año 70 d.C, o, como supone la mayoría de los expertos, sería la biblioteca de los esenios, una secta de ermitaños con preocupaciones mesiánicas? Las opiniones están divididas, pues la biblioteca poseía tanto textos bíblicos tradicionales como escritos que trataban de las costumbres, la organización y las creencias de la secta. Uno de los manuscritos más largos y completos, y quizás el más dramático, trata de una guerra futura, una especie de Guerra Final. Titulado por los expertos como La Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, prevé la propagación de una guerra a partir de unas batallas que involucrarían a los vecinos inmediatos de Judea y que incrementarían su ferocidad y su alcance hasta lograr implicar a todo el mundo antiguo:
Y tras todas estas batallas, «avanzarán sobre los kittim de Egipto» y «a su debido tiempo... contra los reyes del norte». El manuscrito profetiza que, en esta Guerra de los Hombres, el Dios de Israel tendrá un papel activo:
El profeta Ezequiel ya había profetizado la Última Batalla, «en los postreros días», que implicaría a Gog y Magog, y en la cual el mismo Señor «arrebatará el arco de tu mano izquierda, y hará que caigan las flechas de tu mano derecha». Pero el manuscrito del Mar Muerto va más allá, al anticipar la participación de muchos dioses en las batallas, entregados al combate hombro con hombro al lado de los mortales:
Aunque cruzados, sarracenos e infinidad de ejércitos en épocas históricas han ido a combatir «en nombre de Dios», la creencia de que, en una guerra por venir, el mismísimo Dios se presentará en el campo de batalla, y que dioses y hombres lucharán hombro con hombro, suena tan fantasioso que, en el mejor de los casos, se tomaría en forma alegórica. Sin embargo, no resulta una idea tan extraordinaria como podría parecer, pues en la antigüedad se creía de hecho que las Guerras de los Hombres no sólo las decretaban los dioses, sino que también contaban con la participación activa de éstos. Una de las guerras sobre las que más se ha fantaseado, cuando «el amor hizo que se botasen un millar de navios», fue la Guerra de Troya, entre los aqueos griegos y los troyanos. La declararon, quién no lo sabe, los griegos, para obligar a los troyanos a devolver a la hermosa Helena a su esposo legítimo. Sin embargo, en un relato épico griego, el Kypria, se daba a entender que esta guerra fue premeditada por el gran dios Zeus:
De modo que provocó la contienda de Ilion (Troya) a tal fin; para, a través de la muerte, provocar un vacío en la raza de los hombres. Homero, el rapsoda griego que hizo el relato de los acontecimientos de esta guerra en La Ilíada, culpaba a los dioses por su capricho al instigar el conflicto y por haberlo vuelto y revuelto hasta hacerle alcanzar tan grandes proporciones. Al actuar de forma directa o indirecta, a veces de modo visible y a veces sin ser vistos, los distintos dioses empujaban a los actores principales de este drama humano a su capricho. Y detrás de todo esto estaba Jove (Júpiter/ Zeus):
Aún antes de entablarse la batalla, el dios Apolo comenzó las hostilidades:
Cuando ambos bandos acordaron posponer las hostilidades con el fin de que sus líderes pudieran decidir la cuestión en un combate singular mano a mano, los dioses, disgustados, le dijeron a Minerva:
Entusiasmada con su misión, Minerva «cruzó el cielo como un meteoro brillante... con una cola ígnea de luz como estela». Más tarde, para que la terrible guerra no se detuviera por la noche, Minerva convirtió la noche en día iluminando el campo de batalla:
Mientras crecía la violencia en las batallas, arrojando en ocasiones a un héroe contra otro, los dioses no perdían de vista a otros guerreros destacados, abalanzándose para sacar de un aprieto a un héroe en apuros o para tener dispuesto un carro sin auriga. Pero cuando los dioses y las diosas se encontraban en bandos opuestos y empezaban a hacerse daño unos a otros, Zeus detenía el combate y les ordenaba que se mantuvieran aparte de la lucha de los mortales. Aunque la tregua no duraba demasiado, pues muchos de los principales combatientes eran hijos de dioses o diosas (con parejas humanas). Marte se enfureció enormemente cuando su hijo Ascálafo resultó muerto al ser atravesado por un aqueo.
Homero escribió:
Pero a la vista de la creciente ira de los dioses, y de la ayuda que los aqueos estaban teniendo ahora con el semidiós Aquiles, Jove cambió de opinión:
Así habló Jove, y dio la orden de combatir; por lo que los dioses tomaron sus distintos bandos y fueron a la batalla. Durante mucho tiempo se creyó que la Guerra de Troya, e incluso la misma Troya, no eran más que algunas de las fascinantes pero increíbles leyendas griegas a las que los expertos, tolerantemente, habían dado en llamar mitología. Troya y los acontecimientos relacionados con ella se tenían aún por algo solamente mitológico cuando Charles McLaren sugirió, ya en 1822, que determinado montículo del oeste de Turquía llamado Hissarlik era el emplazamiento real de la Troya homérica. Pero los expertos sólo empezaron a reconocer la existencia de Troya cuando un hombre de negocios llamado Heinrich Schliemann, arriesgando en la operación su propio dinero, alcanzó espectaculares descubrimientos al excavar el montículo en 1870. En la actualidad, se acepta ya que la Guerra de Troya fue una realidad que tuvo lugar en el siglo XIII a.C. Fue entonces, según las fuentes griegas, cuando dioses y hombres lucharon hombro con hombro; y estas creencias no las sostenían sólo los griegos. En aquellos tiempos, aunque el extremo de Asia Menor que da a Europa y al Mar Egeo estaba salpicado de lo que, en esencia, eran asentamientos griegos, la mayor parte de Asia Menor estaba dominada por los hititas. Conocidos al principio por los eruditos modernos sólo por algunas referencias bíblicas y, posteriormente, por las inscripciones egipcias, los hititas y su reino -Hatti- tomaron vida también cuando los arqueólogos comenzaron a descubrir sus antiguas ciudades. Cuando se descifró la escritura hitita y su lengua indoeuropea, fue cuando se pudieron rastrear sus orígenes hasta el segundo milenio a.C, cuando las tribus arias originarias de la región del Cáucaso emigraron en dos direcciones; unas hacia el sudeste, hacia la India, y otras hacia el sudoeste, en dirección a Asia Menor. El reino hitita floreció hacia el 1750 a.C, e inició su declive quinientos años más tarde, cuando los hititas se vieron acosados por las incursiones que cruzaban el Egeo. Los hititas hablaban de estos invasores como del pueblo de Achiyawa, y muchos expertos creen que era el mismo pueblo al que Homero llamó Achioi -los aqueos, cuyo ataque sobre el extremo occidental de Asia Menor inmortalizó en La Ilíada. Durante los siglos anteriores a la Guerra de Troya, los hititas extendieron sus dominios hasta alcanzar proporciones imperiales, sosteniendo que lo habían hecho por mandato de su dios supremo TESHUB («El de las tormentas»). Su antiguo título era «Dios de la Tormenta Cuya Fuerza Causa Muertes», y los reyes hititas sostenían que, en ocasiones, el mismo dios echaba una mano en la batalla:
Ayudando también a los hititas en la batalla estaba la diosa ISHTAR, cuyo epíteto era «Dama del campo de batalla». Y muchos atribuían la victoria a su «Divino Poder», dado que ella misma «bajaba [de los cielos] para aplastar a los países hostiles». La influencia de los hititas se extendió por el sur hasta Canaán, tal como indican muchas referencias en el Antiguo Testamento, pero no llegaron allí como conquistadores, sino como colonos. Trataron a Canaán como zona neutral, sin establecer ninguna pretensión sobre ella, a diferencia de la actitud mantenida por los egipcios. Una y otra vez, los faraones intentaron extender sus dominios por el norte hasta Canaán y la Tierra de los Cedros (Líbano), y lo consiguieron hacia el 1470 a.C, cuando derrotaron a una coalición de reyes cananeos en Megiddo. El Antiguo Testamento, así como las inscripciones dejadas por los enemigos de los hititas, los representa como guerreros expertos que perfeccionaron el uso del carro en el Oriente Próximo de la antigüedad. Pero las propias inscripciones de los hititas sugieren que éstos iban a la guerra sólo cuando los dioses daban la orden, que al enemigo se le daba la ocasión de rendirse pacíficamente antes del inicio de las hostilidades, y que, una vez ganada la guerra, los hititas se daban por satisfechos con los tributos y la toma de cautivos: las ciudades no eran saqueadas y la población no era masacrada. Pero Tutmosis III, el faraón que venció en la batalla de Megiddo, tuvo el orgullo de decir en sus inscripciones:
Acerca de un rey vencido, el faraón escribió:
Y todo esto lo hizo, según escribió el faraón, con la aprobación de AMÓN-RA, su dios. El carácter despiadado del arte militar egipcio y la deplorable destructividad que mostraban ante el enemigo vencido se reflejaron en sus jactanciosas inscripciones. El faraón Pepi I, por ejemplo, conmemoró su victoria sobre los «moradores de las arenas» asiáticos en un poema que ensalzaba al ejército que,
Las inscripciones conmemorativas iban acompañadas por vividas representaciones de las escenas de la batalla (Fig. 1). Figura 1 Adhiriéndose a tan gratuita costumbre, el faraón Pi-Ankhy, que envió tropas desde el Alto Egipto para sojuzgar al rebelde Bajo Egipto, se enfureció ante la sugerencia de sus generales de que se liberara a los adversarios que habían sobrevivido a la batalla. Jurando «destrucción para siempre», el faraón anunció que iría a la ciudad capturada «para convertir en ruinas todo lo que hubiese quedado». Por esto, afirmó, «me elogia mi padre Amón». El dios Amón, a cuyas órdenes de batalla atribuían los egipcios su crueldad, encontró la horma de su zapato en el Dios de Israel. Según el profeta Jeremías,
Y por la Biblia sabemos que ésta era una confrontación en curso; casi mil años antes, en los días del Éxodo, Yahveh, el Dios de Israel, había golpeado a Egipto con una serie de aflicciones que no sólo buscaban suavizar el corazón de su soberano, sino que también pretendían ser un «castigo contra todos los dioses de Egipto». La milagrosa liberación de los israelitas del cautiverio de Egipto en dirección a la Tierra Prometida se atribuye en el relato bíblico del Éxodo a la intervención directa de Yahveh en aquellos trascendentales acontecimientos:
Después sobrevino una batalla naval de la cual el faraón prefirió no dejar inscripciones; sabemos de ella por el Libro del Éxodo:
Al romper el día, cuando los egipcios se dieron cuenta de lo que había ocurrido, el faraón dio la orden de que los carros siguieran a los israelitas. Pero:
Pero el soberano egipcio, en su persecución a los israelitas, ordenó a sus carros que prosiguieran con el ataque. El resultado fue calamitoso para los egipcios:
El lenguaje bíblico es casi idéntico al utilizado por un faraón posterior, Ramsés II, para describir la milagrosa aparición de Amón-Ra junto a él en una batalla decisiva sostenida contra los hititas en el 1286 a.C. En la batalla, que tuvo lugar en la fortaleza de Kadesh, en el Líbano, se enfrentaron cuatro divisiones del faraón Ramsés II contra las fuerzas movilizadas por el rey hitita Muwatallis desde todas las partes de su imperio. Concluyó con la retirada de los egipcios, cortando en seco la embestida de éstos por el norte hacia Siria y Mesopotamia. También agotó los recursos hititas, debilitándoles y dejándoles al descubierto. La victoria de los hititas pudo haber sido más decisiva, pues a punto estuvieron de capturar al mismo faraón. Sólo se han encontrado partes de inscripciones hititas que tratan de esta batalla; pero Ramsés, a su regreso a Egipto, vio conveniente describir con detalle su milagroso escape. Fig.2 En las inscripciones de las paredes del templo, que están acompañadas por detalladas ilustraciones (Fig. 2), Ramsés cuenta que los ejércitos egipcios llegaron a Kadesh y acamparon al sur, preparándose para la batalla. Pero, sorprendentemente, los enemigos hititas no se lanzaron al combate. Entonces, Ramsés ordenó a dos de sus divisiones que avanzaran hacia la fortaleza. Fue entonces cuando aparecieron de la nada los carros hititas, atacando por detrás a las divisiones que avanzaban, y provocando el caos en los campamentos de las otras dos divisiones. Cuando, presas del pánico, las tropas egipcias se pusieron en fuga, Ramsés se dio cuenta de pronto de que «Su Majestad estaba totalmente solo con su guardia personal»; y «cuando el rey miró detrás de sí, vio que estaba bloqueado por 2.500 carros» -no de los suyos, sino de los hititas. Abandonado por sus oficiales, aurigas e infantería, Ramsés se volvió a su dios, recordándole que se encontraba en aquel aprieto por haber seguido sus órdenes:
Al recordar al dios egipcio que el enemigo se debía a otros dioses, Ramsés siguió preguntando:
Y mientras Ramsés seguía implorando a su dios Amón para que le salvara, pues los poderes del dios eran mayores que los de «millones de soldados de a pie, de cientos de miles de aurigas», sucedió el milagro: ¡el dios apareció en el campo de batalla!
Y, siguiendo el mandato de su dios, Ramsés rompió entre las tropas enemigas. Bajo la influencia del dios, los hititas se debilitaron inexplicablemente: «bajaban los brazos, eran incapaces de disparar sus flechas ni de levantar sus lanzas». Y se decían unos a otros:
Así, sin oposición, matando enemigos a diestra y siniestra, Ramsés se las compuso para escapar. Tras la muerte de Muwatallis, Egipto y el reino hitita firmaron un tratado de paz, y el faraón reinante tomó a una princesa hitita para que fuera la esposa principal. Era necesaria la paz, porque tanto los hititas como los egipcios sufrían cada vez más los ataques de los «Pueblos del Mar» -invasores de Creta y de otras islas griegas. Éstos se habían afianzado en las costas mediterráneas de Canaán hasta convertirse en los filisteos bíblicos, pero sus ataques sobre el mismo Egipto fueron rechazados por el faraón Ramsés III, que conmemoró las escenas de la batalla en las paredes del templo (Fig. 3). Éste atribuyó sus victorias a su estricta adhesión a «los planes del Todo Señorío, mi augusto y divino padre, el Señor de los Dioses». Era a este dios, Amón-Ra, a quien había que atribuir las victorias: pues era «Amón-Ra el que iba detrás de él, destruyéndolos». Fig. 3 El sangriento sendero del hombre en sus guerras contra sus semejantes en nombre de los dioses nos lleva ahora de vuelta a Mesopotamia, la Tierra Entre los Ríos (Eufrates y Tigris), el bíblico País de Senaar. Allí aparecieron las primeras ciudades, tal como se cuenta en Génesis 11, con construcciones de ladrillo y torres que alcanzaban los cielos. Fue allí donde tuvieron sus comienzos los registros históricos, y fue allí donde comenzó la prehistoria, con los asentamientos de los Dioses de Antaño. Es un relato muy antiguo que pronto expondremos. Pero, mientras tanto, vamos a remontarnos unos mil años antes de los dramáticos tiempos de Ramsés II en Egipto. Por entonces, en la lejana Mesopotamia, un joven ambicioso tomaba el poder. Se le llamó Sharru-Kin, el «Gobernante Justo», pero nuestros libros de texto le llaman Sargón I. Construyó una nueva capital, a la que llamó Agadé, y estableció el reino de Acad. La lengua acadia, escrita en forma de cuña (cuneiforme), fue la lengua madre de todas las lenguas semitas, de las cuales todavía están en uso el hebreo y el árabe. Sargón, que gobernó durante la mayor parte del siglo XXIV a.C, atribuyó su largo reinado (54 años) al estatus especial que le concedieran los Grandes Dioses, que le hicieron «Supervisor de Ishtar, Sacerdote Ungido de ANU, Gran Pastor Justo de ENLIL». Según escribió Sargón, fue Enlil «el que impidió que nadie se opusiera a Sargón» y el que le dio a éste «la región que va desde el Mar Superior hasta el Mar Inferior» (desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico). Por tanto, Sargón llevaba hasta «las puertas de la Casa de Enlil» a los reyes cautivos, atados con cuerdas a los collares de perro que les ponían alrededor del cuello. En una de sus campañas por los montes Zagros, Sargón vivenció las mismas hazañas divinas que los combatientes de Troya habían presenciado. Cuando,
Así pudo Sargón «atravesar las tinieblas» de la oscuridad mientras dirigía a sus tropas a través de los pasos montañosos del actual Luristán. La dinastía acadia que comenzara Sargón alcanzó su culminación bajo su nieto Naram-Sin («Aquél al que ama el dios Sin»). Según consta en sus monumentos, las conquistas de Naram-Sin se debieron a que su dios le había concedido un arma única, el «Arma del Dios», y también a que los otros dioses le habían dado su consentimiento explícito -o incluso le habían invitado- a entrar en sus regiones. La principal incursión de Naram-Sin fue en dirección noroeste, y entre sus conquistas estuvo la de la ciudad estado de Ebla, cuyo archivo de tablillas de arcilla, recientemente descubierto, ha provocado un enorme interés científico:
Del mismo modo que Naram-Sin podía atribuir sus victoriosas campañas al hecho de haber tenido en cuenta las órdenes de sus dioses, su caída se atribuyó también al hecho de haber ido a guerrear contra el mundo de los dioses. Los expertos han recompuesto, con fragmentos de diferentes versiones, un texto que ha recibido el título de La Leyenda de Naram-Sin. Hablando en primera persona, Naram-Sin explica en este relato de aflicciones que sus problemas comenzaron cuando la diosa Ishtar «cambió sus planes» y los dioses les dieron su bendición a los «siete reyes, hermanos, gloriosos y nobles; sus tropas ascendían a 360.000». Llegando de lo que ahora es Irán, invadieron las tierras montañosas de Gutium y Elam al este de Mesopotamia, y llegaron a amenazar a la misma Acad. Naram-Sin les preguntó a los dioses qué debía hacer, y le dijeron que dejara a un lado las armas y que, en vez de ir a combatir, se fuera a dormir con su mujer (pero, por algún motivo profundo, que evitara hacer el amor): Los dioses le respondieron:
Pero Naram-Sin, diciendo que iba a confiar en sus propias armas, decidió atacar al enemigo a despecho del consejo de los dioses. «Con la llegada del primer año, envié a 120.000 hombres, pero ninguno volvió vivo», confesó Naram-Sin en su inscripción. Gran cantidad de tropas fueron aniquiladas durante el segundo y el tercer años, y Acad comenzó a sucumbir ante la muerte y el hambre. En el cuarto aniversario de aquella guerra no autorizada, Naram-Sin apeló al gran dios Ea para que desautorizara a Ishtar y expusiera su caso ante el resto de los dioses. Éstos le aconsejaron que desistiera en su lucha, y le prometieron que «en los días por venir, Enlil traerá la perdición sobre los Hijos del Mal», y Acad tendrá un respiro. La prometida era de paz duró alrededor de tres siglos, durante los cuales Sumer, la parte más antigua de Mesopotamia, reemergió como centro de la realeza; y los centros urbanos más antiguos del mundo antiguo -Ur, Nippur, Lagash, Isin, Larsa- florecieron de nuevo. Sumer fue, bajo los reyes de Ur, el centro de un imperio que abarcaba la totalidad del Oriente Próximo de la antigüedad. Pero a finales del tercer milenio a.C, el país se convirtió en el campo de batalla de lealtades encontradas y de ejércitos oponentes; y, entonces, aquella gran civilización -la primera civilización conocida del hombre-sucumbió a una catástrofe de proporciones sin precedentes. Fue un acontecimiento fatídico que, así lo creemos, fue recogido en los relatos bíblicos. Fue un acontecimiento cuyo recuerdo pervivió por mucho tiempo, siendo conmemorado y llorado en numerosos poemas, que dan una descripción gráfica del caos y la desolación que cayeron sobre el centro de aquella antigua civilización. Fue, según afirman los textos mesopotámicos, una catástrofe que cayó sobre Sumer como resultado de una decisión de los grandes dioses reunidos en consejo. Llevó casi un siglo repoblar el sur de Mesopotamia, y otro siglo más hasta reponerse por completo de la aniquilación divina. Para entonces, el centro del poder mesopotámico se había desplazado hacia el norte, a Babilonia. Allí surgiría un nuevo imperio, que se proclamaría a un ambicioso dios, MARDUK, como deidad suprema. Hacia 1800 a.C, Hammurabi, rey que se hiciera famoso por su código legal, ascendió al trono de Babilonia y empezó a extender sus fronteras. Según sus inscripciones, los dioses no sólo le decían si debía y cuándo debía lanzar sus campañas militares, sino que, además, dirigían literalmente sus ejércitos:
Para superar a sus enemigos, el dios Marduk le concedió a Hammurabi una «poderosa arma» llamada el «Gran Poder de Marduk»:
Pero no pasó mucho tiempo antes de que Babilonia tuviera que compartir su poder con un nuevo rival en el norte: Asiria, donde no se proclamó a Marduk como dios supremo, sino al dios barbado ASSUR («El Que Todo lo Ve»). Mientras Babilonia se metía con los países del sur y del este, los asirios extendieron sus dominios hacia el norte y hacia el oeste, hasta «el país del Líbano, a orillas del Gran Mar». Eran países que estaban en los dominios de los dioses NINURTA y ADAD, y los reyes asirios tomaban buena cuenta de lanzar sus campañas por mandato explícito de estos grandes dioses. Así, Tiglat-Pileser I conmemoró sus guerras, en el siglo XII a.C, con las siguientes palabras:
Al asumir el título de «rey del mundo, rey de las cuatro regiones de la Tierra», los reyes asirios desafiaban directamente a Babilonia, pues ésta dominaba la antigua región de Sumer y de Acad. Para legitimizar su afirmación, los reyes asirios tenían que tomar el control de aquellas antiguas ciudades donde los Grandes Dioses tuvieron sus hogares en los días de antaño; pero el camino hasta esas ciudades estaba bloqueado por Babilonia. La hazaña la logró Salmanasar III en el siglo IX a.C, que dijo en sus inscripciones:
En el relato de sus distintas campañas, Salmanasar afirmaba que alcanzó sus victorias gracias a las armas que le proporcionaban los dioses:
Se dice que el arma de Assur tenía un «fulgor aterrador». En una guerra con Adini, el enemigo huyó al ver «el aterrador Fulgor de Assur; esto les sobrecogió». Tras varios intentos, Babilonia fue saqueada al fin por el rey asirio Senaquerib en el 689 a.C. Pero esto sólo pudo ocurrir porque su propio dios, Marduk, se enfureció con su rey y con su pueblo, decretando que «setenta años será la medida de su desolación» -exactamente lo mismo que decretara posteriormente el Dios de Israel para Jerusalén. Al someter la totalidad de Mesopotamia, Senaquerib pudo asumir al fin el ansiado título de «Rey de Sumer y Acad». En sus inscripciones, Senaquerib relató también sus campañas militares a lo largo de la costa del Mediterráneo, que le llevaron a combatir con los egipcios a las puertas de la península del Sinaí. La lista de ciudades conquistadas parece un capítulo del Antiguo Testamento -Sidón, Tiro, Biblos, Akko, Ashdod, Ascalón- «ciudades fortificadas» que Senaquerib «aplastó» con la ayuda de «el sobrecogedor Fulgor, el arma de Assur, mi señor». Los relieves que ilustran sus campañas (como el que representa el asedio de Lakish, Fig. 4) muestran a los atacantes utilizando proyectiles con forma de cohete contra sus enemigos. En las ciudades conquistadas, Senaquerib mató,
En cierto objeto, conocido como el Prisma de Senaquerib, se ha conservado una inscripción histórica en la cual éste hace mención del sometimiento de Judá y de su ataque a Jerusalén. La disputa que Senaquerib tuvo con su rey, Ezequías, fue debida al hecho de que éste tenía prisionero a Padi, rey de la ciudad filistea de Ecrón, «que era leal por su solemne juramento al dios Assur». Senaquerib escribió:
El sitio de Jerusalén ofrece varios detalles significativos. No hubo un motivo directo, sino indirecto: que estuviera retenido allí contra su voluntad el leal rey de Ecrón. El «sobrecogedor Fulgor, el arma de Assur», que empleó para «aplastar las ciudades fortificadas» de Fenicia y Filistea, no se utilizó contra Jerusalén. Y el habitual final de las inscripciones -«Luché con ellos y les infligí la derrota»- no aparece en el caso de Jerusalén; Senaquerib se limitó a reducir el tamaño de Judea, entregando las regiones periféricas a los reyes vecinos. Fig. 4 Además, la habitual afirmación de que un país o una ciudad fueron atacados siguiendo las «órdenes dignas de crédito» del dios Assur también están ausentes en el caso de Jerusalén; y uno se pregunta si esto querrá decir que el ataque a la ciudad fue un ataque no autorizado, un capricho de Senaquerib, que no un deseo de su dios. Esta intrigante posibilidad se convierte en una convincente probabilidad cuando leemos la otra parte de la historia, la que nos llega a través del Antiguo Testamento. Mientras Senaquerib pasaba por alto su fracaso en conquistar Jerusalén, el relato que aparece en el segundo libro de Reyes, capítulos 18 y 19, nos ofrece la historia al completo. Por la crónica bíblica nos enteramos de que,
Entonces, envió a dos de sus generales con un gran ejército hacia Jerusalén, la capital. Pero, en vez de asaltar la ciudad, el general asirio Rab-Shakeh entabló un intercambio verbal con los dirigentes de la ciudad, una conversación que insistió en mantener en hebreo, para que toda la población pudiera entenderles. ¿Qué es lo que tenía que decir que el populacho tuviera que saber? El texto bíblico lo deja claro: ¡las conversaciones tenían que ver con la cuestión de si la invasión asiria de Judea estaba autorizada por el Señor Yahveh o no!
Cuanto más rogaban los ministros del rey Ezequías, de pie ante las murallas de la ciudad, que Rab-Shakeh dejara de decir esas falsedades en hebreo, y que las expresara en arameo, que por entonces era el idioma de la diplomacia, más se acercaba Rab-Shakeh a las murallas para gritar sus palabras en hebreo, con el fin de que todos pudieran oírlo. No tardó en emplear un lenguaje más duro con los emisarios de Ezequías, para acabar degradando al mismo rey. Y al final, exaltado por su propia oratoria, Rab-Shakeh abandonó el reclamo de tener el permiso de Yahveh para atacar Jerusalén y se puso a subestimar al mismísimo Dios. Cuando a Ezequías se le relató la blasfemia,
Según el Antiguo Testamento, después de que Senaquerib volviera a Nínive,
Las crónicas asirías confirman el aserto bíblico. Ciertamente, Senaquerib fue asesinado, y su hijo pequeño Asaradón subió al trono después que él. En una inscripción de Asaradón conocida como el Prisma B, se describen los acontecimientos con mayor detalle. Por mandato de los grandes dioses, Senaquerib había proclamado públicamente a su hijo pequeño como sucesor.
La deidad que fue delegada para acompañar a Asaradón fue Ishtar. Cuando las fuerzas de sus hermanos salieron de Nínive para repeler su ataque a la capital,
Una vez desorganizadas las tropas ninivitas, Ishtar se dirigió a ellos en nombre de Asaradón.
Tanto Asaradón como su hijo y sucesor Assurbanipal intentaron invadir Egipto, y ambos emplearon Armas de Fulgor en las batallas.
Otras inscripciones de Assurbanipal sugieren que su arma, que emitía un intenso y cegador resplandor, la llevaban los dioses como parte de su tocado. En una ocasión, un enemigo «quedó ciego por el resplandor de la cabeza del dios». En otra, «Ishtar, que mora en Arbela, vestida con Fuego Divino y luciendo el Tocado Radiante, hizo llover llamas sobre Arabia». También existen referencias en el Antiguo Testamento a esta Arma del Fulgor que podía cegar. Cuando los Ángeles (literalmente, emisarios) del Señor llegaron a Sodoma antes de su destrucción, el populacho intentó echar abajo la puerta de la casa en la que se hospedaban. Y los Ángeles «cegaron a los que estaban en la entrada de la casa... y no podían encontrar la puerta». Cuando Asiria alcanzó la supremacía, habiendo extendido sus dominios incluso hasta el Bajo Egipto, sus reyes, en palabras del Señor al profeta Isaías, olvidaron que no eran más que un instrumento del Señor:
Pero los reyes asirios iban más allá del mero castigo; «más bien está en su corazón aniquilar y borrar no pocas naciones». Y esto iba más allá de lo que pretendía Dios; por tanto, el Señor Yahveh anunció:
Las profecías bíblicas que predecían la caída de Asiría se hicieron realidad cuando los rebeldes babilonios del sur reunieron a los invasores del norte y del este para hacer caer Assur, la capital religiosa, en el 614 a.C, y Nínive, la capital real, que fue conquistada y saqueada dos años más tarde. Y la gran Asiría desapareció. Los reyes vasallos de Egipto y Babilonia tomaron la desintegración del imperio asirio como una oportunidad para intentar restaurar sus propias hegemonías. Los países que había entre ellos se convirtieron, una vez más, en el ansiado premio, y los egipcios, bajo el faraón Nekó, fueron más rápidos en la invasión de estos territorios. En Babilonia, Nabucodonosor II -tal como se informa en sus inscripciones- recibió la orden del dios Marduk para que marchara con su ejército hacia el oeste. La expedición se hizo posible gracias a que «otro dios», el que tenía la soberanía original de la región, ya «no deseaba el país de los cedros», y ahora «un enemigo extranjero lo dominaba y lo esquilmaba». En Jerusalén, los mandatos del Señor Yahveh a través de su profeta Jeremías estaban del lado de Babilonia, pues el Señor Yahveh -que llamaba a Nabucodonosor «mi siervo»- había decidido hacer del rey babilónico el instrumento de Su ira contra los dioses de Egipto:
En el transcurso de esta campaña, el Señor Yahveh anunció que también Jerusalén sería castigada por culpa de los pecados de su pueblo, por haberse dedicado al culto de la «Reina del Cielo» y de los dioses de Egipto:
Y así fue que en el año 586 a.C.,
Sin embargo, Yahveh prometió que esta desolación se prolongaría sólo durante setenta años. El rey que tuvo que cumplir esta promesa y permitir la reconstrucción del Templo de Jerusalén fue Ciro. Se cree que sus antepasados, que hablaban una lengua indoeuropea, habían emigrado hacia el sur desde la región del Mar Caspio hasta la provincia de Anzán, en la costa oriental del Golfo Pérsico. Allí, Hakham-Anish («Hombre Sabio»), el líder de los emigrantes, inició una dinastía a la que hemos dado en llamar dinastía de los Aqueménidas; sus descendientes -Ciro, Darío, Jerjes- hicieron historia como soberanos de lo que fue el imperio persa. Cuando Ciro ascendió al trono de Anzán en el 549 a.C, su país era una distante provincia de Elam y Media. En Babilonia, por entonces centro del poder, el trono estaba ocupado por Nabunaid, que se convirtió en rey en circunstancias poco normales: no por la habitual elección del dios Marduk, sino como resultado de un peculiar pacto entre una Suma Sacerdotisa (la madre de Nabunaid) y el dios Sin. En una tablilla parcialmente dañada se recoge la acusación de la que acabaría siendo objeto Nabunaid:
Mientras Ciro estaba ocupado peleando contra los griegos de Asia Menor, Marduk, que quería recuperar su posición como dios nacional de Babilonia,
Después de que las primeras acciones de Ciro demostraran ser acordes con los deseos del dios, Marduk,
Así, literalmente acompañado por el dios, Ciro pudo tomar Babilonia sin derramamiento de sangre. En el día correspondiente al 20 de marzo del 538 a.C, Ciro «sostuvo las manos de Bel [el Señor] Marduk» en el recinto sagrado de Babilonia. El día de Año Nuevo, su hijo, Cambises, ofició la restaurada festividad en honor a Marduk. Ciro dejó a sus sucesores un imperio que abarcaba en uno solo a todos los primitivos imperios y reinos de la región. Sumer, Acad, Babilonia y Asiría en Mesopotamia; Elam y Media en el este; las tierras del norte; las tierras hititas y griegas en Asia Menor; Fenicia, Canaán y Filistea; todos se encontraban ahora bajo la soberanía de un rey y de un dios supremo, Ahura-Mazda, Dios de la Verdad y la Luz. En la antigua Persia, se le representaba como a un dios barbado (Fig. 5 a) que cruzaba los cielos dentro de un Disco Alado, muy parecido al modo en que los asirios habían representado a su dios supremo, Assur (Fig. 5 b). Fig. 5 Cuando murió Ciro, en el 529 a.C, la única tierra que seguía siendo independiente con sus dioses independientes era Egipto. Cuatro años después, su hijo y sucesor, Cambises, llevó a sus tropas a lo largo de la costa mediterránea de la península del Sinaí y derrotó a los egipcios en Pelusium; pocos meses después entraba en Menfis, la capital real de Egipto, y se proclamaba faraón. A pesar de su victoria, Cambises se cuidó mucho de emplear en las inscripciones egipcias la habitual fórmula de apertura: «el gran dios, Ahura-Mazda, me eligió». Reconocía así que Egipto no entraba dentro de los dominios de su dios. Como deferencia a los dioses independientes de Egipto, Cambises se postró ante sus estatuas, aceptando su dominio. A cambio, los sacerdotes egipcios legitimizaron su soberanía sobre Egipto, concediéndole el título de «Descendiente de Ra». El mundo antiguo se hallaba ahora unido bajo un único rey, elegido por el «gran dios de la verdad y la luz» y aceptado por los dioses de Egipto. Ni dioses ni hombres tendrían ahora motivos para guerrear entre sí. ¡Paz en la Tierra! Pero la paz fracasó al final. Al otro lado del Mediterráneo, los griegos iban creciendo en riquezas, poder y ambición, y cada vez se daban más conflictos, tanto locales como internacionales, en Asia Menor, el Mar Egeo y el Mediterráneo oriental. En el 490 a.C, Dario I intentó invadir Grecia y fue derrotado en Maratón; nueve años después, Jerjes I fue derrotado en Salamina. Siglo y medio más tarde, Alejandro de Macedonia cruzaba desde Europa para lanzar una campaña de conquista que vería correr la sangre de hombres de todas las tierras de la antigüedad hasta la India. ¿Acaso llevaba a cabo un «mandato digno de crédito» de los dioses? Nada de eso. Creyendo una leyenda según la cual su padre había sido un dios egipcio, Alejandro conquistó Egipto para escuchar el oráculo del dios que le confirmara sus orígenes semidivinos. Pero el oráculo también le predijo su temprana muerte, y los viajes y conquistas de Alejandro vinieron motivados, a partir de este momento, por su búsqueda de las Aguas de la Vida, de las cuales anhelaba beber para eludir su destino. A pesar de tanta carnicería, murió joven y en la flor de la vida. Y, desde entonces, las Guerras de los Hombres han sido sólo las guerras de los hombres. |
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