domingo, 22 de enero de 2017

SENAQUERIB – Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología

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SENAQUERIB

2Ki 18:13-19:37

Senaquerib (heb. Sanjêrîb; aram. ínjryb y ínj’ryb; as. Sin-ahhê-erîba, “quiera [el dios] Sin aumentar el número de mis hermanos” o “el dios-luna ha aumentado [los] hermanos” o “Sin da más hermanos”). Rey asirio que sucedió a su padre Sargón II en el 705 a.C. y que gobernó durante 25 años (705-681 a.C.). Cruel e inflexible, Senaquerib cometió algunos errores polí­ticos de consecuencias duraderas y, por causa de sus medidas, fue el hombre más odiado de esa era. Tampoco tuvo mucho éxito en su trato con el oeste. En el 701 a.C. aplastó una rebelión de prí­ncipes de Siria y de Palestina: primero se apoderó de una cantidad de ciudades fenicias y, a continuación, avanzó hacia el centro de la rebelión en Palestina -las ciudades filisteas y el reino de Judá- para luchar contra Ezequí­as,* que habrí­a sido el lí­der de la revuelta. En Judá destruyó numerosas ciudades: pretendió haberse apoderado de 46 ciudades fortificadas, además de numerosas aldeas, y de haber llevado al exilio 200.150 cautivos (el asiriólogo A. Ungnad cree que ese número se deberí­a leer 2.150), junto con un despojo abundantí­simo. 457. Relieve asirio que muestra al rey Senaquerib sobre su trono ante Laquis, en Palestina, durante el sitio de la ciudad. En la Biblia (2Ki 18:14,17; 19:8) se menciona su famoso asedio a la ciudad fortificada de Laquis, cuyo sitio y captura están ilustrados en toda una serie de relieves de un palacio real que está en el Museo Británico (figs 308, 457, 522). Jerusalén se salvo porque Senaquerib tuvo que levantar su campaña cuando se necesitaba con urgencia su ejército en Oriente (18:17). Por eso se limitó a pretender que “habí­a hecho prisionero [a Ezequí­as] en Jerusalén, en su residencia real, como un pájaro en su jaula. Lo rodeé de contrafuertes para molestar a los que querí­an salir por las puertas de la ciudad”. Se tuvo que contentar con cobrarle un pesado tributo, lo cual figura en la Biblia y en los registros del rey asirio (2Ki 18:14-16). La detallada versión de esta campaña, inscripta en prismas de arcilla muy bien conservados, coincide en sus puntos principales con el relato bí­blico, aunque difiere en los detalles (fig 216). Durante los siguientes 10 años estuvo ocupado en asuntos relacionados con Babilonia y Elam. Finalmente se cansó tanto de las frecuentes rebeliones de Babilonia, que destruyó la ciudad sin piedad y por completo (689 a.C.; tanto Merodac-baladán como su aliado elamita fueron derrotados); incluso inundó la región, al desviar las aguas del Eufrates, con el fin de transformarla en un pantano e impedir de ese modo su reconstrucción. Más tarde, después que el rey nubio Tiraka (Taharka)1078 ocupara el trono de Egipto, Senaquerib volvió con la intención de destruir el reino de Ezequí­as (2Ki 19:9 menciona un intento de Tiraka de salir en su ayuda). Esta campaña terminó en un desastre, circunstancia que explica su omisión en los anales del rey. Puesto que Tiraka no abandonó Nubia, su patria, hasta c 689 a.C. (cuando fue corregente con su hermano a la edad de 20 años), no podemos darle a esa campaña una fecha anterior. Por tanto, tenemos que llegar a la conclusión de que los registros bí­blicos de los cps 18-20 y paralelos se refieren a 2 campañas distintas y no a una sola, como lo supondrí­a una lectura superficial de la narración. Tuvo que haber sido durante esta última campaña cuando el ejército de Senaquerib sufrió la desastrosa pérdida que aparece en las Escrituras, cuando un ángel lo hirió durante el asedio a Jerusalén. Aunque los registros asirios naturalmente guardan silencio acerca de ese desastre, la Biblia lo menciona (2Ki_18; 19; 2Ch_32; Isa_37) y no lo olvidaron las otras naciones de la antigüedad, como lo prueba el relato del historiador griego Herodoto. Mientras visitaba Egipto, 200 años después de la muerte de Senaquerib, se le dijo que cuando el rey asirio avanzaba rumbo a Egipto, una enorme cantidad de ratas se comió las cuerdas de los arcos de los soldados, de manera que éstos huyeron presas del pánico. Como se consideraba que las ratas eran portadoras de la fiebre bubónica, se cree generalmente que esta historia implica la aparición brusca de esta enfermedad entre las filas de los asirios. Hay pocas razones para dudar de que ésta sea la versión egipcia de la catástrofe de que se nos habla en el v 35. Senaquerib fue el gran reconstructor de Ní­nive, que en su época se convirtió en la ciudad más hermosa y gloriosa de la antigüedad por introducir nuevos métodos de construcción. Además, se interesó mucho en las mejoras técnicas de sus maquinarias de guerra. También construyó un acueducto que traí­a agua para la capital y la zona circundante desde las montañas del oriente, ubicadas a unos 48 km de distancia. Se podí­a cruzar el rí­o Gomer gracias a un puente de arco de unos 300 m de largo, posiblemente el 10 permanente de piedra de la historia. En el 681 a.C. Senaquerib fue asesinado por sus 2 hijos, Adramelec y Sarezer, quienes tal vez estaban celosos de Esar-hadón, el prí­ncipe heredero (2Ki 19:37; 2Ch 32:21). Aunque este crimen figura en varios textos contemporáneos, todas las referencias a él son tan vagas y ambiguas que una reconstrucción detallada de los acontecimientos sigue siendo imposible. Los asesinos no tuvieron éxito en su intento de apoderarse del trono y fueron expulsados por Esar-hadón, que sucedió a su padre. Bib.: E. G. Kraeling, JAOS 53 (1933):335-346; A. Ungnad, ZAW 59 (1942-43):199-202; W. F. Albright, BASOR 130 (1953):8, 9; ANET 287-290, 302.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

hijo y sucesor de Sargón II en el reino de Asiria, 704- 681 a.C. Trasladó la capital del reino Dur Sharrukin, construida por su padre, a Ní­nive. El año 689 a. C., S. saqueó y destruyó Babilonia.

El año 701 conquistó gran parte del reino de Judá le quitó 46 ciudades al rey Ezequí­as y le impuso un gravoso tributo, 2 R 18-13-16; se habla de una segunda incursión de S. en Judá, después de la toma de Lakí­s, ca. 690 a. C., en la cual fracasó, pues su ejército fue diezmado por una peste, y S. se devolvió a Ní­nive, 2 R 18, 17-37; 19, 1-36; 2 Cro 32, 1-22; Is 36; 37. S. fue muerto por dos de sus hijos, Saréser y Adrammélek, en el templo del dios Nisrok, en Ní­nive. En su lugar reinó Asarjaddón, 2 R 19, 37.

En los Anales asirios se habla de la incursión y toma de las ciudades de Judá, pero se ignora el fracaso de S. mencionado en las Escrituras Sené, uno de los picachos, al sur, frente a Gueba, del desfiladero por donde Jonatán, hijo de Saúl, llegó hasta una avanzadilla de los filisteos y los derrotó, 1 S 14, 4-5.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

(hebreo sanheriv; asir. Sinahe-irba, Sin [dios de la luna]
hermanos multiplicados). Fue un rey asirio (705-681 a. de J.C.), el hijo y sucesor de Sargón II (722-705). Restableció a Ní­nive como capital, sobre la ribera oriental del Tigris, frente a la actual ciudad de Mosul. Está representada hoy por los montí­culos de Kuyunjik y Nebi Yunus (†œprofeta Jonás†).

Senaquerib construyó palacios, templos, muros de la ciudad y un sistema de agua. Fue un soldado capaz y es en esta capacidad que mejor se le recuerda.

En su ascenso al trono, se encontró con la necesidad de lidiar con revueltas a través de todo el imperio. Exasperado por las repetidas intrigas de Babilonia y de su rey, Merodac-baladán, finalmente redujo la ciudad a ruinas en el 689 a. de J.C. En Occidente, también habí­a rebelión; entre los rebeldes estaba Ezequí­as de Judá. En su tercera campaña en 701 a. de J.C., Senaquerib marchó a occidente para resolver esas dificultades. Senaquerib tomó a Sidón y entonces se dirigió hacia el sur, recibiendo tributo y capturando Ascalón Betdagón, Jope y otras ciudades de Palestina. En Elteque (comparar Jos 19:44; Jos 21:23), derrotó a una coalición de palestinos, más algunas fuerzas egipcias.

Ezequí­as habí­a tomado a Padi, el rey de Ecrón, que se habí­a aliado con Senaquerib, y lo habí­a hecho cautivo. Senaquerib ahora se apoderó de Ecrón y volvió a poner a Padi sobre su trono. El no tomó a Jerusalén, mas se glorió de que él habí­a encerrado a Ezequí­as †œcomo pájaro en una jaula†. El AT presenta tres registros de esta invasión y sus resultados (2Ki 18:13—2Ki 19:17; 2Ch 32:1-22; Isa 36:1—Isa 37:38).

Fue durante el XIV año de Ezequí­as que Senaquerib vino en contra de Judá y tomó todas sus ciudades fortificadas. Ezequí­as ofreció pagar tributo y tuvo que despojar el templo de sus tesoros para hacer el pago. La Biblia relata que Jerusalén fue liberada por el Señor, quien envió a su ángel a herir al ejército asirio y forzó a Senaquerib a retirarse a su tierra de origen (2Ki 19:35-36; 2Ch 32:21; Isa 37:36-37). De regreso a Ní­nive, Senaquerib fue asesinado por dos de sus hijos en el 681 a. de J.C. (2Ki 19:37; Isa 37:38) en un esfuerzo por frustrar la sucesión que él habí­a decretado para Esarjadón, mas Esarjadón estuvo a la altura de la situación y ganó el trono.

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

Senaquerib, hijo de Sargón II, fue rey de *Asiria desde el 705 hasta el 681 a. de J.C. El encaró serios desafí­os en 703 a. de J.C. , cuando Merodac-baladán intentó unificar a las tribus caldeas y arameas que estaban guerreando entre sí­, contra Senaquerib y Asiria. Con ayuda elamita, Merodacbaladán ocupó Babilonia y procuró fortalecer su posición enviando mensajeros a los vasallos asirios del oeste a fin de incitarlos a rebelarse (véase Is. 39). Senaquerib derrotó a los elamitas y caldeos cerca de *Kis y tomó control de Babilonia. Sin embargo, los reyes de Sidón y Tiro se aprovecharon de los problemas de Senaquerib en el Oriente y rehusaron pagar tributo. Un poco más al sur, Ezequí­as de Judá,s quien habí­a recibido un mensaje de Merodacbaladán (2 R. 20:12, 13), tomó al gobernador proasiriso de *Ecrón.
Senaquerib apareció con su ejército y la resistencia en *Fenicia decayó rápidamente. Sin embargo, las ciudades filisteas de Ecrón, Asdod y Ascalón pelearone y Egipto envió un ejército contra Senaquerib. En Elteque, Senaquerib derrotó a los egipcios y desde su campamento en Laquis, Senaquerib insistió en que Ezequí­as se rindiera y pagara tributo.
Los eventos del sitio de Senaquerib están registrados en 2 R. 18 y en los anales del propio Senaquerib. La edición final de los anales de Senaquerib se ha conservado en el Prisma del Instituto Oriental y en el así­ llamado Prisma de Taylor en el Museo Británico. Los escribas de Senaquerib hablan de cuarenta y seis ciudades de Ezequí­as que cayeron a los asirios †œpor los asaltos con arietes y los golpes de máquinas lanzadoras y el ataque de soldados a pie, zapadores, brechas y hachas†. De Ezequí­as él escribe: †œEl mismo, como un ave en una jaula en medio de Jerusalén, su ciudad real, yo lo encerré.† Aunque Senaquerib recibió tribute de Ezequí­as es evidente que no pudo tomar Jerusalén.
De las cuarenta y seis ciudades tomadas, *Laquis parece ser la que ofreció la mayor resistencia. En uno de los cuartos del palacio descubierto por A. H. Layard en Ní­nive en 1849, habí­a trece lajas de piedra en bajo relieve que representaban un ataque a una ciudad bien fortificada. Frente al rey que estaba entronado en una colina delante de la ciudad sitiada, estaba una corta inscripción cuneiforme afirmando que Senaquerib estaba sentado en el trono mientras inspeccionaba el botí­n tomado de Laquis.
BIBLIOGRAFIA: D. D. Luckenbill, The Annals of Sennacherib, University of Chicago Press, Chicago, 1924. A. Leo Oppenheim, ANET , págs. 187–188.

Fuente: Diccionario Bíblico Arqueológico

(Que Sin [dios lunar] multiplique hermanos). Rey asirio (705-681 a.C.). Cuando arribó al trono ya Israel habí­a sido subyugado por su padre Sargón II. Pero †¢Ezequí­as rey de Judá se rebeló, haciendo alianza con Egipto y contactos con Merodac-baladán, rey caldeo que se rebeló también contra S. (2Re 20:12-19; Is. 39). Cuando S. pudo controlar a Babilonia vino †œcontra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó† (2Re 18:13). Estando en †¢Laquis envió emisarios a †¢Ezequí­as exigiendo un enorme tributo, lo cual éste pagó. Pero de todas maneras sitió a Jerusalén con su ejército al mando del †¢Tartán, el Rabsaris y el Rabsaces. Dios, a través de Isaí­as, prometió liberación. Y †œaquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil†. S. volvió a su tierra, donde murió asesinado por dos de sus hijos (2Re 18:13-37; 2Re 19:1-37; 2Cr 32:1-22; Isa 36:1-22; Isa 37:1-38). En la historia secular existen dos versiones sobre la suerte del ejército asirio y el levantamiento del sitio. Herodoto dice que lo que les atacó fue una legión de ratas, mientras que el historiador caldeo Berosio alega que fue una enfermedad pestilencial. Una leyenda judí­a señala que los asesinos de S., sus dos hijos, llegaron a vivir en Jerusalén y fueron prosélitos.

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

tip, BIOG REYE HOMB HOAT

vet, (ac.: “Sin [el dios de la luna] ha multiplicado los hermanos”). Hijo y sucesor de Sargón, rey de Asiria. Invadió Siria y Palestina en el año decimocuarto del reinado de Ezequí­as. Ezequí­as reconoció que era culpable, y le pagó un tributo de trescientos talentos de plata y treinta talentos de oro. Senaquerib dejó un registro de ello en una tableta de arcilla. Afirma que capturó cuarenta y seis ciudades fortificadas y las fortalezas y pueblos a su alrededor que pertenecí­an a Ezequí­as el judí­o, llevándose cautivas a 200.150 almas, y caballos, mulas, asnos, camellos, bueyes y ovejas sin cuenta, etc. Encerró a Ezequí­as en su casa en Jerusalén como a un pájaro en su jaula (cfr. 2 R. 18:13-16; 2 Cr. 32:1-8). Durante su segunda invasión, Senaquerib envió insultantes e impí­os mensajes a Ezequí­as, que evidentemente estaba otra vez apoyándose en Egipto. Pero un ángel de Dios destruyó el ejército asirio. Naturalmente, los monumentos asirios silencian este hecho. El rey volvió a Asiria, y no se aventuró a invadir Palestina otra vez. Finalmente, fue asesinado por dos de sus hijos, y fue sucedido por Esar-hadón, otro de ellos (2 R. 18:17-37; 19:1-37; 2 Cr. 32:9-22; Is. 36; 37). Es evidente que Senaquerib estaba en corregencia con Sargón en el año 714 a.C. cuando invadió Judea por primera vez; reinó en solitario desde el año 705 hasta el año 681 a.C.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

(del acadio, significa: †œSin [el dios-luna] Ha Tomado el Lugar de Hermanos para Mí­†).
Hijo de Sargón II; rey de Asiria. Aunque heredó de su padre un imperio de gran solidez, se vio obligado a pasar la mayor parte de su reinado sofocando sublevaciones, en particular de la ciudad de Babilonia.
Parece ser que Senaquerib fue gobernador o general de la región septentrional de Asiria durante el reinado de su padre. Después de heredar el trono, esta región debió causarle pocos problemas. Más bien, sus dificultades le vinieron principalmente del S. y del O. El caldeo Merodac-baladán (Isa 39:1) abandonó su refugio en Elam, al que le habí­a obligado a ir Sargón, el padre de Senaquerib, y se proclamó rey de Babilonia. Senaquerib marchó contra él y sus aliados elamitas y los derrotó en Kish. Sin embargo, Merodac-baladán logró escapar y se escondió durante otros tres años. Senaquerib entró en Babilonia y puso en el trono a Bel-ibni como virrey. Posteriormente efectuó otras expediciones punitivas para contener a los pueblos de las regiones montañosas de los alrededores de Asiria.
Luego, en lo que Senaquerib califica como su †œtercera campaña†, avanzó contra †œHatti†, término que en aquel tiempo debí­a referirse a Fenicia y Palestina. (La Sabidurí­a del Antiguo Oriente, edición de J. B. Pritchard, 1966, pág. 235.) Esta zona se habí­a rebelado contra el yugo asirio. Entre los que habí­an rechazado esa dominación estaba el rey Ezequí­as de Judá (2Re 18:7), aunque no hay indicios de que se hubiese coligado con los otros reinos sublevados.
En el año decimocuarto de Ezequí­as (732 a. E.C.), las fuerzas de Senaquerib avanzaron hacia el O., capturaron Sidón, Aczib, Akkó y otras ciudades de la costa fenicia y a continuación se dirigieron hacia el S. Algunos reinos atemorizados, entre ellos Moab, Edom y Asdod, enviaron tributos en prueba de su sumisión. La recalcitrante Asquelón fue tomada por la fuerza, junto con las ciudades cercanas de Jope y Bet-dagón. Una inscripción asiria acusa al pueblo y a los nobles de la ciudad filistea de Eqrón de haber entregado a su rey Padi a Ezequí­as, quien según Senaquerib, †œle mantuvo encarcelado, ilegalmente†. (La Sabidurí­a del Antiguo Oriente, págs. 235, 236; compárese con 2Re 18:8.) Se dice que los habitantes de Eqrón habí­an solicitado ayuda a Egipto y a Etiopí­a para evitar o frustrar el ataque asirio.
El registro bí­blico indica que aproximadamente para este tiempo Senaquerib atacó Judá, y sitió y capturó muchas de sus ciudades y pueblos fortificados. Ezequí­as envió un mensaje a los asirios que estaban en Lakí­s, en el que les ofrecí­a pagar el tributo que Senaquerib impusiera. (2Re 18:13, 14.) La captura de Lakí­s por parte de Senaquerib se presenta en un friso, donde aparece sentado sobre un trono ante la ciudad vencida, aceptando los despojos que le llevaban de aquella ciudad mientras se torturaba a algunos de los cautivos.
El relato bí­blico no indica si se liberó al rey Padi, en caso de que en realidad fuese un cautivo de Ezequí­as, pero muestra que este pagó el tributo de 300 talentos de plata (c. 1.982.000 dólares [E.U.A.]) y 30 talentos de oro (c. 11.560.000 dólares [E.U.A.]) que pidió Senaquerib. (2Re 18:14-16.) Sin embargo, Senaquerib envió un comité de tres oficiales para pedir al rey y al pueblo de Jerusalén que capitularan y con el tiempo se sometieran a ser enviados al exilio. El mensaje asirio despreciaba de manera particular la confianza de Ezequí­as en Jehová. Mediante su vocero, Senaquerib alardeó, diciendo que Jehová serí­a tan impotente como los dioses de los paí­ses que ya habí­an caí­do ante el poder asirio. (2Re 18:17-35.)
El comité asirio regresó a Senaquerib, quien a la sazón estaba luchando contra Libná, y se oyó decir †œrespecto a Tirhaqá el rey de Etiopí­a: †˜Mira que ha salido a pelear contra ti†™†. (2Re 19:8, 9.) Las inscripciones de Senaquerib hablan de una batalla en †œElteqeh† (c. 15 Km. al NNO. de Eqrón), en la que afirma haber derrotado un ejército egipcio y las fuerzas del †œrey de Etiopí­a†. Luego narra su conquista de Eqrón y cómo volvió a poner en el trono al liberado Padi. (La Sabidurí­a del Antiguo Oriente, pág. 236.)

Jehová derrota al ejército de Senaquerib. En cuanto a Jerusalén, aunque Senaquerib habí­a enviado cartas amenazadoras advirtiendo a Ezequí­as que no habí­a desistido de su determinación de tomar la capital de Judá (Isa 37:9-20), el registro muestra que los asirios ni siquiera †œ[dispararon] allí­ una flecha†, †œni [alzaron] contra ella cerco de sitiar†. Jehová, de quien Senaquerib se habí­a mofado, envió un ángel, que en una noche derribó a †œciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios†, lo que obligó a Senaquerib a regresar †œcon rostro avergonzado a su propio paí­s†. (Isa 37:33-37; 2Cr 32:21.)
Las inscripciones de Senaquerib no mencionan nada respecto al desastre que sufrieron sus fuerzas. Pero, como comenta el profesor Jack Finegan, †œen vista del tono jactancioso que impregna habitualmente las inscripciones de los soberanos asirios, […] difí­cilmente cabrí­a esperar que Senaquerib registrara tal derrota† (Light From the Ancient Past, 1959, pág. 213). No obstante, llama la atención la versión que Senaquerib presenta del asunto, según se halla inscrita en lo que se conoce como el Prisma de Senaquerib, conservado en el Instituto Oriental de la universidad de Chicago. Dice en parte: †œEn cuanto a Ezequí­as el Judí­o, no se sometió a mi yugo. Puse sitio a 46 de sus ciudades fuertes, baluartes e innumerables aldehuelas de sus inmediaciones, y (las) conquisté mediante terraplenes bien construidos y arietes acercados (a los muros), (combinados con) el ataque de infantes, y (usando) minas, brechas y trabajo de zapa. Saqué (de ellas) 200150 personas, jóvenes y ancianos, varones y hembras, caballos, mulas, asnos, camellos, ganado mayor y menor sin cuento, y (los) consideré botí­n. A él mismo [Ezequí­as] hice prisionero en Jerusalén, su residencia real, como a un pájaro en una jaula. […] Las ciudades que habí­a pasado a saco desgajé de su paí­s y las entregué a Mitinti, rey de Ašdod, a Padi, rey de Eqrón, y a Sillibel, rey de Gaza. […] El propio Ezequí­as […] me envió más tarde a Ní­nive, mi ciudad señorial, además de 30 talentos de oro, 800 talentos de plata, piedras preciosas, antimonio, grandes bloques de piedra roja, lechos (ataraceados) con marfil, sillas nimedu (ataraceadas) con marfil, cueros de elefante, madera de ébano, madera de boj (y) toda clase de valiosos tesoros, sus hijas, concubinas, músicos y músicas. Para entregar el tributo y rendir obediencia como un esclavo envió su mensajero (personal)†. (La Sabidurí­a del Antiguo Oriente, págs. 236, 237.)
Aunque esta jactanciosa versión aumenta en gran manera la cantidad de talentos de plata enviados —pues en lugar de 300 dice 800—, y debe hacer lo mismo con otros detalles del tributo pagado, en otros aspectos confirma de manera extraordinaria el registro bí­blico y muestra que Senaquerib no afirmó que habí­a tomado Jerusalén. Deberí­a notarse, sin embargo, que Senaquerib presenta el asunto del pago del tributo de Ezequí­as como posterior al sitio de Jerusalén, mientras que el relato bí­blico muestra que fue anterior. Sobre la probable razón para esta inversión en el orden de los sucesos, nótese la observación que hace Funk and Wagnalls New Standard Bible Dictionary (1936, pág. 829): †œEl final de esta campaña de S[enaquerib] está velado en la oscuridad. Lo que hizo después de capturar Eqrón […] todaví­a es un misterio. En sus anales, S[enaquerib] sitúa en estos momentos el castigo que infligió a Ezequí­as, su incursión en el territorio de Judá, y su reparto del territorio y las ciudades de Judá. Este orden en los acontecimientos parece un velo para cubrir algo que no desea mencionar†. El registro bí­blico muestra que Senaquerib volvió rápidamente a Ní­nive después de lo que Dios hizo con sus tropas, así­ que el relato invertido de Senaquerib sitúa de manera conveniente el tributo de Ezequí­as como si se lo hubiera pagado por medio de un mensajero especial en Ní­nive. Ciertamente es significativo que las inscripciones antiguas y los registros no hablen de campañas posteriores de Senaquerib en Palestina, aunque los historiadores afirman que siguió reinando otros veinte años.
El historiador judí­o del siglo I E.C., Josefo, dice citar de Beroso, historiador babilonio (posiblemente del siglo III a. E.C.), cuando escribe: †œSenaquerib, de la expedición de Egipto regresó a Jerusalén, donde encontró a las tropas comandadas por Rapsaces en gran peligro por la peste. Dios les envió una enfermedad que, en la primera noche en que sitiaron a la ciudad mató a ciento ochenta mil soldados, con sus capitanes y centuriones† (Antigüedades Judí­as, libro X, cap. I, sec. 5). Algunos comentaristas intentan explicar el desastre refiriéndose a un relato de Heródoto (Historia, II, 141), del siglo V a. E.C., en el que cuenta que sobre el campamento asirio †œcayó durante la noche un tropel de ratones campestres que royeron sus aljabas, sus arcos y, asimismo, los brazales de sus escudos†, lo que los incapacitó para la invasión de Egipto. Este relato obviamente no coincide con el registro bí­blico, ni tampoco armoniza con las inscripciones asirias. No obstante, los relatos de Beroso y Heródoto reflejan el hecho de que las fuerzas de Senaquerib sufrieron una repentina calamidad en esta campaña.
Sin embargo las dificultades de Senaquerib no habí­an terminado, pues cuando regresó a Asiria, tuvo que aplacar otra revuelta en Babilonia provocada por Merodac-baladán. Esta vez Senaquerib colocó a su propio hijo Asurnadinsumi como rey de Babilonia. Seis años más tarde, se embarcó en una campaña contra los elamitas, pero estos pronto se vengaron invadiendo Mesopotamia. Capturaron a Asurnadinsumi y colocaron a su propio rey en el trono de Babilonia. Siguieron varios años de lucha por el control de la región, hasta que finalmente Senaquerib, airado, se vengó de Babilonia arrasándola, una acción sin precedente en vista de que en toda Mesopotamia se consideraba a Babilonia una †œciudad santa†. Al parecer, los restantes años del reinado de Senaquerib no tuvieron mayores incidentes.
Se cree que la muerte de Senaquerib aconteció unos veinte años después de su campaña contra Jerusalén. Este dato depende de los registros asirios y babilonios, y su confiabilidad es dudosa. De todos modos, deberí­a notarse que el relato bí­blico no dice que la muerte de Senaquerib se produjese tan pronto como regresó a Ní­nive. †œMás tarde entró en la casa de su dios† Nisroc, y sus hijos, Adramélec y Sarézer, †œlo derribaron a espada†, y escaparon a la tierra de Ararat. (2Cr 32:21; Isa 37:37, 38.) Una inscripción de su hijo y sucesor, Esar-hadón, confirma esta declaración. (Ancient Records of Assyria and Babylonia, de D. Luckenbill, 1927, vol. 2, págs. 200, 201; véase ESAR-HADí“N.)

Edificación. El Imperio asirio, por consiguiente, no experimentó ninguna expansión particular bajo Senaquerib. Sin embargo, este monarca llevó a cabo un ambicioso proyecto de edificación en Ní­nive, ciudad a la que devolvió la capitalidad. El inmenso palacio que erigió en ella era un complejo de salones, patios y cuartos lujosos que abarcaban una zona de unos 450 m. de longitud por unos 210 m. de anchura. Introdujo en la ciudad agua que provení­a de 48 Km. de distancia, construyendo un acueducto sobre el rí­o Gómer conocido como el acueducto Jerwan. Sus aguas se utilizaron para el riego de jardines y parques, así­ como para llenar la fosa que rodeaba la ciudad, y de este modo reforzó sus defensas.

Fuente: Diccionario de la Biblia

Senaquerib (heb. sanḥêrı̂b [aunque posiblemente se deba pronunciar śnhrı̂b como en los papiros arm.; JSS 21, 1976, pp. 9]; as. Sin-aḫḫē-eriba, ‘Sin [dios-luna] ha aumentado los hermanos’) gobernó Asiria en 705–681 a.C. Cuando su padre, a quien había servido como gobernador de la frontera N, fue asesinado, Senaquerib marchó primero a Babilonia, donde Marduk-apla-iddina II (* Merodac-Baladán) se había rebelado. Había expulsado a un candidato local Marduk-zakir-sum en 703 a.C. y se encontraba reclutando apoyo contra Asiria. Probablemente fue en esa época aproximadamente que Merodac-baladín mandó emisarios a Ezequías de Judá (2 R. 20.12–19; Is. 39). A fines del 702 a.C. Senaquerib derrotó a los caldeos y sus aliados elamitas y árabes en batallas en Cuta y en Kis. Luego fue bien recibido en Babilonia, donde puso a Bel-ibni en el trono. Los asirios saquearon Bit-yakin y regresaron a Nínive con muchos prisioneros, aunque Merodac-baladán mismo escapó a Elam.

Senaquerib tuvo pocas dificultades para controlar la frontera N, zona que le resultaba muy conocida desde la época en que fue príncipe heredero. Después de una serie de incursiones contra los pueblos montañeses en el E arremetió contra el O, donde una coalición antiasiria, apoyada por Egipto, estaba adquiriendo poder. El líder, Ezequías de Judá, había apresado a Padi, el gobernador proasirio de Ecrón (2 R. 18.8), había fortalecido las fortificaciones y mejorado los suministros de agua de Jerusalén mediante la construcción del túnel de *Siloé (2 R. 20.20), y había pedido ayuda a Egipto (Is. 30.1–4).

La tercera campaña de Senaquerib en el año 14 (701 a.C.) de Ezequías estuvo dirigida contra esta coalición. Primero marchó por la costa fenicia, capturando Sidón la grande y la pequeña, Sarepta, Mahalliba (* Ahlab), Usu, Aczib y Aco, pero sin intentar sitiar Tiro. Remplazó a Luli (Eluleo), rey de Sidón, quien huyó y murió en el exilio, por Etbaal (Tubaal). Los reyes de Sidón, Arvad, Biblos, Bet-amón, Moab y Edom se sometieron, pero Ascalón se negó y, con sus ciudades vecinas, entre las que se encontraban Bet-dagón y Jope, fue despojado. Senaquerib afirma haber marchado a Elteque, donde derrotó a un ejército egipcio. Luego mató a los nobles de Ecrón por haber entregado a Padi a Ezequías, y mandó destacamentos a destruir 46 ciudades amuralladas y muchas aldeas en Judá, de los que se llevó 200.150 personas y mucho botín. Él mismo tomó parte en el sitio y capturó Laquis, y en los relieves del palacio aparece examinando el botín. Desde allí mandó oficiales a exigir la rendición de Jerusalén (2 Cr. 32.9).

En el relato que Senaquerib mismo hizo de esta campaña afirma que le exigió tributo a Ezequías (Anales) y describe la forma en que sitió a “Ezequías el judío … lo encerré como un pájaro enjaulado dentro de su capital real, Jerusalén. Coloqué puestos de observación alrededor de la ciudad y entregué a su destino cualquiera que saliese por la puerta de la ciudad” (prisma de Taylor, MB). Ezequías pagó tributo a los asirios (2 R. 18.13–16; Is. 36.1s), tributo que posteriormente fue enviado a Nínive (prisma de Taylor, fechado 691 a.C.), y liberó a Padi, a quien se entregaron luego algunos de los territorios anteriormente pertenecientes a Judea.

El relato de Senaquerib no hace ninguna mención de la conclusión del sitio (cf. 2 R. 19.32–34) o de la derrota del ejército asirio por mano del Señor, tal vez mediante una plaga (v. 35) descrita por Herodoto (2.141) como “una multitud de ratones del campo que de noche devoraron todas las aljabas y flechas del enemigo, y todas las correas mediante las cuales sostenían sus yelmos… a la mañana siguiente comenzaron la lucha y grandes cantidades de ellos cayeron porque no tenían armas con las cuales defenderse”.

La mayoría de los estudiosos sostiene que la mención del avance de las fuerzas egipcias bajo *Tirhaca (2 R. 19.9; Is. 37.9) es un anacronismo (pero véase K. A. Kitchen, Third Intermediate Period in Egypt, 1972). Más aun, considera que 2 R. 19.37 supone que la muerte de Senaquerib ocurrió poco después de su regreso a Nínive. Por lo tanto postula una segunda campaña asiria contra Jerusalén, sin éxito, quizá después del ataque a los árabes en 689–686 a.C. Ni los anales asirios existentes ni las crónicas babilónicas mencionan dicha campaña, y los vv. 36s no indican necesariamente el lapso de tiempo entre el regreso de Senaquerib de Palestina y su muerte en 681 a.C., el que debe haber sido de varios años, cualquiera sea la interpretación. De modo que la teoría de una sola campaña en 701 a.C. puede sostenerse todavía razonablemente.

En 700 a.C. los asirios marcharon una vez más a Babilonia, donde Bel-ibni se había rebelado. Senaquerib colocó a su propio hijo, Assur-nadin-sum, en el trono, el que gobernó hasta que fue capturado por los elamitas. En la serie de campañas que siguieron, Senaquerib combatió a los elamitas, y en 694 montó una expedición naval a través del golfo Pérsico contra los que habían dado asilo a Merodac-baladán. Erec fue capturada y, finalmente, Babilonia fue saqueada en 689 a.C. En otras fronteras Senaquerib invadió Cilicia y capturó Tarso, incursionando también contra los árabes al S y al E de Damasco.

En su propia tierra Senaquerib fue ayudado por su enérgica esposa semita, Naqia-Zakutu, en la reconstrucción de Nínive, donde construyó un “palacio sin rival”, un arsenal, nuevos muros y puertas para la ciudad. Proveyendo una nueva fuente de suministro de agua desde el río Gomel (Bavian), conducida por un acueducto (Jeruán) hasta un dique (Ajeila) al E de la metrópoli, le fue posible regar parques y grandes extensiones de tierra, como también mejorar las defensas naturales de Nínive formadas por los ríos Tigris y Khosr.

También edificó extensamente en Asur y Kakzi e introdujo muchos adelantos tecnológicos.

Senaquerib fue asesinado por sus hijos mientras adoraba en el templo de Nisroc (2 R. 19.37). La huida de los hijos, posiblemente *Adramdlec y *Sarezer, podría estar reflejada en un relato de los disturbios que siguieron a su muerte en diciembre de 681 a.C. hecho por su hijo menor Esar-hadón, que había sido elegido príncipe heredero en 687 a.C., y que entonces sucedió al trono (v. 37). Hay poco apoyo para la teoría de que Esar-hadón es el “hijo” no identificado por nombre que se menciona como asesino en la Crónica babilónica, o que la muerte ocurrió en Babilonia.

Bibliografía. S. Herrmann, Historia de Israel, 1979, pp. 329–335; G. E. Wright, Arqueología bíblica, 1975, pp. 239–251.

D. D. Luckenbill, The Annals of Sennacherib, 1924; D. J. Wiseman en DOTT, pp. 64–73.

D.J.W.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico
Imagen de perfil de AdministradorAutor AdministradorPublicado el 5 Febrero, 2016Categorías Diccionario
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Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología

La Guerra de Los Dioses y Los Hombres - 1

La Guerra de Los Dioses y Los Hombres - 1







 
 
 
 




1 LAS GUERRAS DEL HOMBRE


En la primavera de 1947, un muchachito que buscaba una oveja de su
rebaño, perdida en los estériles acantilados que se elevan sobre el
Mar Muerto, descubrió un cueva en la que encontró unas vasijas de
barro en cuyo interior se hallaban ocultos unos manuscritos hebreos.
Aquellos manuscritos, y otros que se descubrieron en la zona en los
años siguientes, denominados colectivamente como los Manuscritos del
Mar Muerto
, habían permanecido ocultos durante casi dos mil años,
cuidadosamente envueltos y escondidos durante los turbulentos años
en que Judea tuvo que soportar el poderío del imperio romano.



¿Formarían parte de la biblioteca oficial de Jerusalén, que se sacó
de la ciudad antes de que ésta y su templo cayeran en el año 70 d.C,
o, como supone la mayoría de los expertos, sería la biblioteca de
los esenios
, una secta de ermitaños con preocupaciones mesiánicas?
Las opiniones están divididas, pues la biblioteca poseía tanto
textos bíblicos tradicionales como escritos que trataban de las
costumbres, la organización y las creencias de la secta.



Uno de los manuscritos más largos y completos, y quizás el más
dramático, trata de una guerra futura, una especie de Guerra Final.
Titulado por los expertos como
La Guerra de los Hijos de la Luz contra los
Hijos de las Tinieblas
, prevé la propagación de una
guerra a partir de unas batallas que involucrarían a los vecinos
inmediatos de Judea y que incrementarían su ferocidad y su alcance
hasta lograr implicar a todo el mundo antiguo:
«El primer combate
entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas, es decir,
contra el ejercito de Belial, consistirá en un ataque sobre las
tropas de Edom, Moab, los amonitas y la región filistea; luego sobre
la de los kittim de Asiría; y sobre los violadores de la Alianza que
les prestan ayuda...».
Y tras todas estas batallas, «avanzarán sobre
los kittim de Egipto» y «a su debido tiempo... contra los reyes del
norte».



El manuscrito profetiza que, en esta Guerra de los Hombres, el
Dios
de Israel tendrá un papel activo:
El día que caigan los kittim, habrá un poderoso combate y gran
matanza en presencia del Dios de Israel;
Pues ése es el día que
Él designó desde antaño para la batalla final
contra los Hijos de las Tinieblas.
El profeta Ezequiel ya había profetizado la Última Batalla, «en los
postreros días», que implicaría a Gog y Magog, y en la cual el mismo
Señor «arrebatará el arco de tu mano izquierda, y hará que caigan
las flechas de tu mano derecha». Pero el manuscrito del Mar Muerto
va más allá, al anticipar la participación de muchos dioses en las
batallas, entregados al combate hombro con hombro al lado de los
mortales:
En aquel día, la Compañía del Divino y la Congregación de los
Mortales se entregarán hombro con hombro al combate y la matanza.


Los Hijos de la Luz lucharán contra los Hijos de las Tinieblas con
una demostración de poderío divino, en medio de un estrepitoso
tumulto, en medio de los gritos de guerra de dioses y hombres.
Aunque cruzados, sarracenos e infinidad de ejércitos en épocas
históricas han ido a combatir «en nombre de Dios», la creencia de
que, en una guerra por venir, el mismísimo Dios se presentará en el
campo de batalla, y que dioses y hombres lucharán hombro con hombro,
suena tan fantasioso que, en el mejor de los casos, se tomaría en
forma alegórica. Sin embargo, no resulta una idea tan extraordinaria
como podría parecer, pues en la antigüedad se creía de hecho que las
Guerras de los Hombres no sólo las decretaban los dioses, sino que
también contaban con la participación activa de éstos.



Una de las guerras sobre las que más se ha fantaseado, cuando «el
amor hizo que se botasen un millar de navios», fue la Guerra de
Troya
, entre los aqueos griegos y los troyanos. La declararon, quién
no lo sabe, los griegos, para obligar a los troyanos a devolver a la
hermosa Helena a su esposo legítimo. Sin embargo, en un relato épico
griego, el Kypria, se daba a entender que esta guerra fue
premeditada por el gran dios Zeus:
Hubo un tiempo en que miles y miles de hombres sobrecargaban el
amplio seno de la Tierra. Y por compasión a ellos, Zeus, en su gran
sabiduría, decidió aligerar la carga de la Tierra.
De modo que provocó la contienda de Ilion (Troya) a tal fin; para, a
través de la muerte, provocar un vacío en la raza de los hombres.




Homero, el rapsoda griego que hizo el relato de los acontecimientos
de esta guerra en La Ilíada, culpaba a los dioses por su capricho al
instigar el conflicto y por haberlo vuelto y revuelto hasta hacerle
alcanzar tan grandes proporciones. Al actuar de forma directa o
indirecta, a veces de modo visible y a veces sin ser vistos, los
distintos dioses empujaban a los actores principales de este drama
humano a su capricho.
 
Y detrás de todo esto estaba Jove (Júpiter/
Zeus):
«Mientras los otros dioses y los guerreros en el campo
dormían profundamente, Jove estaba bien despierto, pues estaba
pensando cómo honrar a Aquiles y destruir a mucha gente en los
barcos de los aqueos».
Aún antes de entablarse la batalla, el dios Apolo comenzó las
hostilidades:
«Se sentó lejos de los barcos con el rostro tan oscuro
como la noche, y su arco de plata llevaba la muerte cada vez que
disparaba una flecha en medio de ellos [los aqueos]... Durante nueve
días enteros disparó sus flechas entre la gente... Y a lo largo de
todo el día estaban ardiendo las piras de los muertos».
Cuando ambos
bandos acordaron posponer las hostilidades con el fin de que sus
líderes pudieran decidir la cuestión en un combate singular mano a
mano, los dioses, disgustados, le dijeron a Minerva:
«Métete entre
las huestes de troyanos y aqueos, e ingéniatelas para que los
troyanos sean los primeros en romper su juramento y caigan sobre los
aqueos».
Entusiasmada con su misión, Minerva «cruzó el cielo como un
meteoro brillante... con una cola ígnea de luz como estela».
Más
tarde, para que la terrible guerra no se detuviera por la noche,
Minerva convirtió la noche en día iluminando el campo de batalla:
«levantó el grueso velo de la oscuridad de sus ojos, y gran cantidad
de luz cayó sobre ellos, tanto en el lado donde estaban los barcos
como en donde rugía el combate; y los aqueos pudieron ver a Héctor y
a todos sus hombres».
Mientras crecía la violencia en las batallas, arrojando en ocasiones
a un héroe contra otro, los dioses no perdían de vista a otros
guerreros destacados, abalanzándose para sacar de un aprieto a un
héroe en apuros o para tener dispuesto un carro sin auriga. Pero
cuando los dioses y las diosas se encontraban en bandos opuestos y
empezaban a hacerse daño unos a otros, Zeus detenía el combate y les
ordenaba que se mantuvieran aparte de la lucha de los mortales.



Aunque la tregua no duraba demasiado, pues muchos de los principales
combatientes eran hijos de dioses o diosas (con parejas humanas).
Marte se enfureció enormemente cuando su hijo Ascálafo resultó
muerto al ser atravesado por un aqueo.
«No me culpéis, oh dioses que
moráis en el cielo, si voy a los barcos de los aqueos y vengo la
muerte de mi hijo», anunció Marte a los otros Inmortales, «aun
cuando al final sea alcanzado por el rayo de Jove y yazga entre
sangre y polvo en medio de los cadáveres».
Homero escribió:
«Mientras los dioses se mantenían a distancia de
los guerreros mortales, los aqueos predominaban, pues Aquiles, que
durante largo tiempo se había negado a pelear, estaba ahora con
ellos».
Pero a la vista de la creciente ira de los dioses, y de la
ayuda que los aqueos estaban teniendo ahora con el semidiós Aquiles,
Jove cambió de opinión:
«Por mi parte, permaneceré aquí, sentado en el Monte Olimpo, y
observaré tranquilamente.
Pero vosotros meteos entre troyanos y aqueos, y que cada uno ayude a
su bando según su disposición».
Así habló Jove, y dio la orden de combatir; por lo que los dioses
tomaron sus distintos bandos y fueron a la batalla.



Durante mucho tiempo se creyó que la Guerra de Troya, e incluso la
misma Troya, no eran más que algunas de las fascinantes pero
increíbles leyendas griegas a las que los expertos, tolerantemente,
habían dado en llamar mitología. Troya y los acontecimientos
relacionados con ella se tenían aún por algo solamente mitológico
cuando Charles McLaren sugirió, ya en 1822, que determinado
montículo del oeste de Turquía llamado Hissarlik era el
emplazamiento real de la Troya homérica.
 
Pero los expertos sólo
empezaron a reconocer la existencia de Troya cuando un hombre de
negocios llamado Heinrich Schliemann, arriesgando en la operación su
propio dinero, alcanzó espectaculares descubrimientos al excavar el
montículo en 1870. En la actualidad, se acepta ya que la Guerra de
Troya fue una realidad que tuvo lugar en el siglo XIII a.C. Fue
entonces, según las fuentes griegas, cuando dioses y hombres
lucharon hombro con hombro; y estas creencias no las sostenían sólo
los griegos.



En aquellos tiempos, aunque el extremo de Asia Menor que da a Europa
y al Mar Egeo estaba salpicado de lo que, en esencia, eran
asentamientos griegos, la mayor parte de Asia Menor estaba dominada
por los hititas. Conocidos al principio por los eruditos modernos
sólo por algunas referencias bíblicas y, posteriormente, por las
inscripciones egipcias, los hititas y su reino -Hatti- tomaron vida
también cuando los arqueólogos comenzaron a descubrir sus antiguas
ciudades.



Cuando se descifró la escritura hitita y su lengua indoeuropea, fue
cuando se pudieron rastrear sus orígenes hasta el segundo milenio
a.C, cuando las tribus arias originarias de la región del Cáucaso
emigraron en dos direcciones; unas hacia el sudeste, hacia la India,
y otras hacia el sudoeste, en dirección a Asia Menor. El reino
hitita floreció hacia el 1750 a.C, e inició su declive quinientos
años más tarde, cuando los hititas se vieron acosados por las
incursiones que cruzaban el Egeo. Los hititas hablaban de estos
invasores como del pueblo de Achiyawa, y muchos expertos creen que
era el mismo pueblo al que Homero llamó Achioi -los aqueos, cuyo
ataque sobre el extremo occidental de Asia Menor inmortalizó en La Ilíada.




Durante los siglos anteriores a la Guerra de Troya, los hititas
extendieron sus dominios hasta alcanzar proporciones imperiales,
sosteniendo que lo habían hecho por mandato de su dios supremo
TESHUB («El de las tormentas»). Su antiguo título era «Dios de la
Tormenta Cuya Fuerza Causa Muertes», y los reyes hititas sostenían
que, en ocasiones, el mismo dios echaba una mano en la batalla:
«El
poderoso dios de la tormenta, mi Señor», [escribió el rey Murshilis], «mostró su divino poder y lanzó un rayo» al enemigo,
propiciando su derrota.
Ayudando también a los hititas en la batalla
estaba la diosa ISHTAR, cuyo epíteto era «Dama del campo de
batalla». Y muchos atribuían la victoria a su «Divino Poder», dado
que ella misma «bajaba [de los cielos] para aplastar a los países
hostiles».



La influencia de los hititas se extendió por el sur hasta Canaán,
tal como indican muchas referencias en el Antiguo Testamento, pero
no llegaron allí como conquistadores, sino como colonos. Trataron a
Canaán como zona neutral, sin establecer ninguna pretensión sobre
ella, a diferencia de la actitud mantenida por los egipcios. Una y
otra vez, los faraones intentaron extender sus dominios por el norte
hasta Canaán y la Tierra de los Cedros (Líbano), y lo consiguieron
hacia el 1470 a.C, cuando derrotaron a una coalición de reyes
cananeos en Megiddo.



El Antiguo Testamento, así como las inscripciones dejadas por los
enemigos de los hititas, los representa como guerreros expertos que
perfeccionaron el uso del carro en el Oriente Próximo de la
antigüedad. Pero las propias inscripciones de los hititas sugieren
que éstos iban a la guerra sólo cuando los dioses daban la orden,
que al enemigo se le daba la ocasión de rendirse pacíficamente antes
del inicio de las hostilidades, y que, una vez ganada la guerra, los
hititas se daban por satisfechos con los tributos y la toma de
cautivos: las ciudades no eran saqueadas y la población no era
masacrada.



Pero Tutmosis III, el faraón que venció en la batalla de Megiddo,
tuvo el orgullo de decir en sus inscripciones:
«Después, su majestad
fue al norte, saqueando ciudades y asolando poblaciones».

Acerca de
un rey vencido, el faraón escribió:
«Asolé sus ciudades, incendié
sus poblaciones, e hice montículos de ellas; nunca podrán volver a
asentarse allí. Capturé a todas sus gentes. Hice prisioneros; me
llevé sus ingentes ganados, así como sus bienes. Le quité todos los
recursos vitales; segué sus cereales y talé todas sus arboledas y
sus hermosos árboles. Lo destruí por completo».
Y todo esto lo hizo,
según escribió el faraón, con la aprobación de AMÓN-RA, su dios.



El carácter despiadado del arte militar egipcio y la deplorable
destructividad que mostraban ante el enemigo vencido se reflejaron
en sus jactanciosas inscripciones. El faraón Pepi I, por ejemplo,
conmemoró su victoria sobre los «moradores de las arenas» asiáticos
en un poema que ensalzaba al ejército que,
«acuchilló la tierra de
los moradores de las arenas... cortó sus higueras y sus vides...
prendió fuego a sus moradas, mató a sus gentes por decenas de
miles».
Las inscripciones conmemorativas iban acompañadas por
vividas representaciones de las escenas de la batalla (Fig. 1).
Figura 1

 
Adhiriéndose a tan gratuita costumbre, el faraón
Pi-Ankhy, que envió
tropas desde el Alto Egipto para sojuzgar al rebelde Bajo Egipto, se
enfureció ante la sugerencia de sus generales de que se liberara a
los adversarios que habían sobrevivido a la batalla. Jurando
«destrucción para siempre», el faraón anunció que iría a la ciudad
capturada «para convertir en ruinas todo lo que hubiese quedado».
Por esto, afirmó, «me elogia mi padre Amón».



El dios Amón, a cuyas órdenes de batalla atribuían los egipcios su
crueldad, encontró la horma de su zapato en el Dios de Israel. Según
el profeta Jeremías,
«Así dice el Señor de los Ejércitos, el
Dios de
Israel:
'Castigaré a Amón, dios de Tebas, y a aquéllos que confían
en él, y le daré el merecido castigo a Egipto y a sus dioses, a su
faraón y a sus reyes'».
Y por la Biblia sabemos que ésta era una
confrontación en curso; casi mil años antes, en los días del Éxodo,

Yahveh, el Dios de Israel
, había golpeado a Egipto con una serie de
aflicciones que no sólo buscaban suavizar el corazón de su soberano,
sino que también pretendían ser un «castigo contra todos los dioses
de Egipto».



La milagrosa liberación de los israelitas del cautiverio de Egipto
en dirección a la Tierra Prometida se atribuye en el relato bíblico
del Éxodo a la intervención directa de Yahveh en aquellos
trascendentales acontecimientos:
Y viajaron desde Sukot
y acamparon en Etham, al borde del desierto.



Y Yahveh iba delante de ellos,
de día en un pilar de nube para dirigirles el camino,

y de noche en un pilar de fuego para darles luz.

Después sobrevino una batalla naval de la cual el faraón prefirió no
dejar inscripciones; sabemos de ella por el Libro del Éxodo:
Y el corazón del faraón y de sus sirvientes

se tornó con respecto al pueblo...

Y los egipcios salieron en su persecución, y los sorprendieron
acampados junto al mar...
Y Yahveh hizo retroceder al mar con un fuerte viento del este

toda aquella noche, y secó las aguas;
y las aguas se separaron.


Y los Hijos de Israel cruzaron por mitad del mar,
sobre tierra seca...
Al romper el día, cuando los egipcios se dieron cuenta de lo que
había ocurrido, el faraón dio la orden de que los carros siguieran a
los israelitas. Pero:
Y sucedió que, en la vigilia matutina,

Yahveh contempló el campamento de los egipcios desde el pilar de
fuego y nube;
y sembró la confusión en el campamento egipcio y aflojó las ruedas
de sus carros, haciendo dificultosa su conducción.

Y los egipcios dijeron: «Huyamos de los israelitas, pues Yahveh
lucha por ellos contra Egipto».
Pero el soberano egipcio, en su persecución a los israelitas, ordenó
a sus carros que prosiguieran con el ataque. El resultado fue
calamitoso para los egipcios:
Y las aguas volvieron,
y cubrieron a carros y jinetes

y a todo el ejército del faraón que les seguía;
no quedó ni uno de ellos...


E Israel contempló el gran poder
que Yahveh había mostrado sobre los egipcios.
El lenguaje bíblico es casi idéntico al utilizado por un faraón
posterior, Ramsés II, para describir la milagrosa aparición de
Amón-Ra
junto a él en una batalla decisiva sostenida contra los
hititas en el 1286 a.C.



En la batalla, que tuvo lugar en la fortaleza de Kadesh, en el
Líbano, se enfrentaron cuatro divisiones del faraón Ramsés II contra
las fuerzas movilizadas por el rey hitita Muwatallis desde todas las
partes de su imperio. Concluyó con la retirada de los egipcios,
cortando en seco la embestida de éstos por el norte hacia Siria y
Mesopotamia. También agotó los recursos hititas, debilitándoles y
dejándoles al descubierto.



La victoria de los hititas pudo haber sido más decisiva, pues a
punto estuvieron de capturar al mismo faraón. Sólo se han encontrado
partes de inscripciones hititas que tratan de esta batalla; pero
Ramsés, a su regreso a Egipto, vio conveniente describir con detalle
su milagroso escape.
Fig.2

 
En las inscripciones de las paredes del templo, que están
acompañadas por detalladas ilustraciones (Fig. 2), Ramsés cuenta que
los ejércitos egipcios llegaron a Kadesh y acamparon al sur,
preparándose para la batalla. Pero, sorprendentemente, los enemigos
hititas no se lanzaron al combate. Entonces, Ramsés ordenó a dos de
sus divisiones que avanzaran hacia la fortaleza. Fue entonces cuando
aparecieron de la nada los carros hititas, atacando por detrás a las
divisiones que avanzaban, y provocando el caos en los campamentos de
las otras dos divisiones.



Cuando, presas del pánico, las tropas egipcias se pusieron en fuga,
Ramsés se dio cuenta de pronto de que «Su Majestad estaba totalmente
solo con su guardia personal»; y «cuando el rey miró detrás de sí,
vio que estaba bloqueado por 2.500 carros» -no de los suyos, sino de
los hititas.
 
Abandonado por sus oficiales, aurigas e infantería,
Ramsés se volvió a su dios, recordándole que se encontraba en aquel
aprieto por haber seguido sus órdenes:
Y Su Majestad dijo:

«¿Y ahora qué, Padre mío Amón?

¿Acaso un padre va a olvidar a su hijo?
¿Acaso he hecho algo sin ti?

Todo lo que hice o dejé de hacer,
¿no fue de acuerdo con tus mandatos?»
Al recordar al dios egipcio que el enemigo se debía a
otros dioses, Ramsés siguió preguntando:
«¿Qué son estos asiáticos para ti, Oh
Amón; estos desgraciados que no saben nada de ti, Oh Dios?».

Y mientras Ramsés seguía implorando a
su dios Amón para que le
salvara, pues los poderes del dios eran mayores que los de «millones
de soldados de a pie, de cientos de miles de aurigas», sucedió el
milagro: ¡el dios apareció en el campo de batalla!
Amón me escuchó cuando le llamé. Extendió su mano sobre mí y me
regocijé. Se puso detrás de mí y gritó: «¡Adelante! ¡Adelante!
¡Ramsés, amado de Amón, estoy contigo!».
Y, siguiendo el mandato de su dios, Ramsés rompió entre las tropas
enemigas. Bajo la influencia del dios, los hititas se debilitaron
inexplicablemente: «bajaban los brazos, eran incapaces de disparar
sus flechas ni de levantar sus lanzas».
 
Y se decían unos a otros:
«No es un mortal el que está entre nosotros: es un poderoso dios;
sus hazañas no son las hazañas de un hombre; un dios está entre sus
miembros».
Así, sin oposición, matando enemigos a diestra y
siniestra, Ramsés se las compuso para escapar.



Tras la muerte de Muwatallis, Egipto y el reino hitita firmaron un
tratado de paz, y el faraón reinante tomó a una princesa hitita para
que fuera la esposa principal. Era necesaria la paz, porque tanto
los hititas como los egipcios sufrían cada vez más los ataques de
los «Pueblos del Mar» -invasores de Creta y de otras islas griegas.
 
Éstos se habían afianzado en las costas mediterráneas de Canaán
hasta convertirse en los filisteos bíblicos, pero sus ataques sobre
el mismo Egipto fueron rechazados por el faraón Ramsés III, que
conmemoró las escenas de la batalla en las paredes del templo (Fig.
3). Éste atribuyó sus victorias a su estricta adhesión a «los planes
del Todo Señorío, mi augusto y divino padre, el Señor de los
Dioses».
 
Era a este dios, Amón-Ra, a quien había que atribuir las
victorias: pues era «Amón-Ra el que iba detrás de él,
destruyéndolos».
Fig. 3

 
El sangriento sendero del hombre en sus guerras contra sus
semejantes en nombre de los dioses nos lleva ahora de vuelta
a Mesopotamia, la Tierra Entre los Ríos (Eufrates y Tigris), el
bíblico País de Senaar. Allí aparecieron las primeras ciudades, tal
como se cuenta en Génesis 11, con construcciones de ladrillo y
torres que alcanzaban los cielos. Fue allí donde tuvieron sus
comienzos los registros históricos, y fue allí donde comenzó la
prehistoria, con los asentamientos de los Dioses de Antaño.



Es un relato muy antiguo que pronto expondremos. Pero, mientras
tanto, vamos a remontarnos unos mil años antes de los dramáticos
tiempos de Ramsés II en Egipto. Por entonces, en la lejana
Mesopotamia, un joven ambicioso tomaba el poder. Se le llamó
Sharru-Kin, el «Gobernante Justo», pero nuestros libros de texto le
llaman Sargón I. Construyó una nueva capital, a la que llamó
Agadé,
y estableció el reino de Acad. La lengua acadia, escrita en forma de
cuña (cuneiforme), fue la lengua madre de todas las lenguas semitas,
de las cuales todavía están en uso el hebreo y el árabe.



Sargón, que gobernó durante la mayor parte del siglo XXIV a.C,
atribuyó su largo reinado (54 años) al estatus especial que le
concedieran los Grandes Dioses, que le hicieron «Supervisor de
Ishtar, Sacerdote Ungido de ANU, Gran Pastor Justo de ENLIL». Según
escribió Sargón, fue Enlil «el que impidió que nadie se opusiera a
Sargón» y el que le dio a éste «la región que va desde el Mar
Superior hasta el Mar Inferior» (desde el Mediterráneo hasta el
Golfo Pérsico).
 
Por tanto, Sargón llevaba hasta «las puertas de la
Casa de Enlil» a los reyes cautivos, atados con cuerdas a los
collares de perro que les ponían alrededor del cuello.



En una de sus campañas por los montes Zagros, Sargón vivenció las
mismas hazañas divinas que los combatientes de Troya habían
presenciado. Cuando,
«estaba entrando en el país de Warahshi...
intentando proseguir su avance en la oscuridad... Ishtar hizo que la
luz brillara sobre él».
Así pudo Sargón «atravesar las tinieblas» de
la oscuridad mientras dirigía a sus tropas a través de los pasos
montañosos del actual Luristán.



La dinastía acadia que comenzara Sargón alcanzó su culminación bajo
su nieto Naram-Sin («Aquél al que ama el dios Sin»). Según consta en
sus monumentos, las conquistas de Naram-Sin se debieron a que su
dios le había concedido un arma única, el «Arma del Dios», y también
a que los otros dioses le habían dado su consentimiento explícito -o
incluso le habían invitado- a entrar en sus regiones.



La principal incursión de Naram-Sin fue en dirección noroeste, y
entre sus conquistas estuvo la de la ciudad estado de Ebla, cuyo
archivo de tablillas de arcilla, recientemente descubierto, ha
provocado un enorme interés científico:
«Aunque desde los tiempos de
la separación de la humanidad ningún rey había llegado a destruir
Arman e Ibla, el dios Nergal abrió el sendero para el poderoso
Naram-Sin, y le dio Arman e Ibla. También le dio como regalo desde
Amanus, la Montaña de los Cedros, hasta el Mar Superior».

Del mismo modo que Naram-Sin podía atribuir sus victoriosas campañas
al hecho de haber tenido en cuenta las órdenes de sus dioses, su
caída se atribuyó también al hecho de haber ido a guerrear contra el
mundo de los dioses. Los expertos han recompuesto, con fragmentos de
diferentes versiones, un texto que ha recibido el título de
La
Leyenda de Naram-Sin
.
 
Hablando en primera persona, Naram-Sin explica
en este relato de aflicciones que sus problemas comenzaron cuando la
diosa Ishtar «cambió sus planes» y los dioses les dieron su
bendición a los «siete reyes, hermanos, gloriosos y nobles; sus
tropas ascendían a 360.000».
 
Llegando de lo que ahora es Irán,
invadieron las tierras montañosas de Gutium y Elam al este de
Mesopotamia, y llegaron a amenazar a la misma Acad. Naram-Sin les
preguntó a los dioses qué debía hacer, y le dijeron que dejara a un
lado las armas y que, en vez de ir a combatir, se fuera a dormir con
su mujer (pero, por algún motivo profundo, que evitara hacer el
amor):



Los dioses le respondieron:
«Oh Naram-Sin, éstas son nuestras órdenes:

Este ejército que va contra ti...
¡Ata las armas, y ponlas en un rincón!

¡Reprime tu audacia, quédate en casa!
Junto con tu esposa, ve a dormir al lecho,

pero con ella no debes...
No debes salir del país, ni ir hasta el enemigo».
Pero Naram-Sin, diciendo que iba a confiar en sus propias armas,
decidió atacar al enemigo a despecho del consejo de los dioses. «Con
la llegada del primer año, envié a 120.000 hombres, pero ninguno
volvió vivo», confesó Naram-Sin en su inscripción. Gran cantidad de
tropas fueron aniquiladas durante el segundo y el tercer años, y
Acad comenzó a sucumbir ante la muerte y el hambre.
 
En el cuarto
aniversario de aquella guerra no autorizada, Naram-Sin apeló al gran
dios Ea para que desautorizara a Ishtar y expusiera su caso ante el
resto de los dioses. Éstos le aconsejaron que desistiera en su
lucha, y le prometieron que «en los días por venir, Enlil traerá la
perdición sobre los Hijos del Mal», y Acad tendrá un respiro.



La prometida era de paz duró alrededor de tres siglos, durante los
cuales Sumer, la parte más antigua de Mesopotamia, reemergió como
centro de la realeza; y los centros urbanos más antiguos del mundo
antiguo -Ur, Nippur, Lagash, Isin, Larsa- florecieron de nuevo.
Sumer fue, bajo los reyes de Ur, el centro de un imperio que
abarcaba la totalidad del Oriente Próximo de la antigüedad.
 
Pero a
finales del tercer milenio a.C, el país se convirtió en el campo de
batalla de lealtades encontradas y de ejércitos oponentes; y,
entonces, aquella gran civilización -la primera civilización
conocida del hombre-sucumbió a una catástrofe de proporciones sin
precedentes.



Fue un acontecimiento fatídico que, así lo creemos, fue recogido en
los relatos bíblicos. Fue un acontecimiento cuyo recuerdo pervivió
por mucho tiempo, siendo conmemorado y llorado en numerosos poemas,
que dan una descripción gráfica del caos y la desolación que cayeron
sobre el centro de aquella antigua civilización. Fue, según afirman
los textos mesopotámicos, una catástrofe que cayó sobre Sumer como
resultado de una decisión de los grandes dioses reunidos en consejo.




Llevó casi un siglo repoblar el sur de Mesopotamia, y otro siglo más
hasta reponerse por completo de la aniquilación divina. Para
entonces, el centro del poder mesopotámico se había desplazado hacia
el norte, a Babilonia. Allí surgiría un nuevo imperio, que se
proclamaría a un ambicioso dios, MARDUK, como deidad suprema.



Hacia 1800 a.C, Hammurabi, rey que se hiciera famoso por su código
legal, ascendió al trono de Babilonia y empezó a extender sus
fronteras. Según sus inscripciones, los dioses no sólo le decían si
debía y cuándo debía lanzar sus campañas militares, sino que,
además, dirigían literalmente sus ejércitos:
Mediante el poder de los grandes dioses el rey,

amado del dios Marduk,
restableció los cimientos de Sumer y Acad.


Por mandato de Anu, y
con Enlil al frente de su ejército,

con los portentosos poderes que los grandes dioses le habían dado,

no encontró rival en el ejército de Emutbal
y su rey Rim-Sin...
Para superar a sus enemigos, el dios Marduk le concedió a
Hammurabi una «poderosa arma» llamada el «Gran Poder de Marduk»:
Con la Poderosa Arma
con la cual Marduk proclamaba sus victorias,

el héroe [Hammurabi] venció en la batalla
a los ejércitos de Eshnuna, Subartu y Gutium...


Con el «Gran Poder de Marduk»
venció a los ejércitos de Sutium, Turukku, Kamu...


Con el Portentoso Poder que Anu y Enlil le habían dado

derrotó a todos sus enemigos
hasta el país de Subartu.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que Babilonia tuviera que
compartir su poder con un nuevo rival en el norte: Asiria, donde no
se proclamó a Marduk como dios supremo, sino al dios barbado ASSUR
(«El Que Todo lo Ve»). Mientras Babilonia se metía con los países
del sur y del este, los asirios extendieron sus dominios hacia el
norte y hacia el oeste, hasta «el país del Líbano, a orillas del
Gran Mar».
 
Eran países que estaban en los dominios de los dioses
NINURTA y ADAD, y los reyes asirios tomaban buena cuenta de lanzar
sus campañas por mandato explícito de estos grandes dioses. Así,
Tiglat-Pileser I conmemoró sus guerras, en el siglo XII a.C, con las
siguientes palabras:
Tiglat-Pileser, el rey legítimo, rey del mundo, rey de Asiria, rey
de las cuatro regiones de la tierra; El valeroso héroe, guiado por los mandatos dignos de confianza de
Assur y Ninurta,
los grandes dioses, sus señores, venciendo así a sus enemigos...
 
Por orden de mi señor Assur, conquisté por mi mano desde más allá
del bajo río Zab hasta el Mar Superior, que está en el oeste. Tres
veces marché contra los países Nairi... Hice que 30 reyes de los
países Nairi se postraran a mis pies. Tomé rehenes de ellos, y
recibí como tributo suyo caballos dóciles al yugo...

Por mandato de Anu y Adad, los grandes dioses, mis señores, fui a
las montañas del Líbano, y corté vigas de cedro para los templos de
Anu y Adad.
Al asumir el título de «rey del mundo, rey de las cuatro regiones de
la Tierra», los reyes asirios desafiaban directamente a Babilonia,
pues ésta dominaba la antigua región de Sumer y de Acad. Para
legitimizar su afirmación, los reyes asirios tenían que tomar el
control de aquellas antiguas ciudades donde los Grandes Dioses
tuvieron sus hogares en los días de antaño; pero el camino hasta
esas ciudades estaba bloqueado por Babilonia.
 
La hazaña la logró Salmanasar III en el siglo IX a.C, que dijo en sus inscripciones:
Marché contra Acad para vengar... e infligir la derrota... entré en
Kutha, Babilonia y Borsippa.

Ofrecí sacrificios a los dioses de las ciudades sagradas de Acad.
Continué río abajo hasta Caldea, y recibí tributo de todos los reyes
de Caldea...

En aquel tiempo, Assur, el gran señor... me dio el cetro, el
báculo... todo lo que hacía falta para gobernar al pueblo.

Yo sólo actuaba bajo los mandatos dignos de crédito que me daba
Assur, el gran señor, mi señor, que me ama.
En el relato de sus distintas campañas, Salmanasar afirmaba que
alcanzó sus victorias gracias a las armas que le proporcionaban los
dioses:
«Combatí con la Fuerza Poderosa que Assur, mi señor, me
había dado; y con las potentes armas que Nergal, mi guía, me había
regalado».
Se dice que el arma de Assur tenía un «fulgor aterrador».
En una guerra con Adini, el enemigo huyó al ver «el aterrador
Fulgor
de Assur
; esto les sobrecogió».



Tras varios intentos, Babilonia fue saqueada al fin por el rey
asirio Senaquerib en el 689 a.C. Pero esto sólo pudo ocurrir porque
su propio dios, Marduk, se enfureció con su rey y con su pueblo,
decretando que «setenta años será la medida de su desolación»
-exactamente lo mismo que decretara posteriormente el Dios de Israel
para Jerusalén. Al someter la totalidad de Mesopotamia, Senaquerib
pudo asumir al fin el ansiado título de «Rey de Sumer y Acad».



En sus inscripciones, Senaquerib relató también sus campañas
militares a lo largo de la costa del Mediterráneo, que le llevaron a
combatir con los egipcios a las puertas de la península del Sinaí.
La lista de ciudades conquistadas parece un capítulo del Antiguo
Testamento -Sidón, Tiro, Biblos, Akko, Ashdod, Ascalón- «ciudades
fortificadas» que Senaquerib «aplastó» con la ayuda de «el sobrecogedor Fulgor, el arma de Assur, mi señor».
 
Los relieves que
ilustran sus campañas (como el que representa el asedio de Lakish,
Fig. 4) muestran a los atacantes utilizando proyectiles con forma de
cohete contra sus enemigos. En las ciudades conquistadas, Senaquerib
mató,
«a sus delegados y patricios... y colgué sus cuerpos en postes
que dispuse alrededor de la ciudad; a los ciudadanos normales los
consideré prisioneros de guerra».
En cierto objeto, conocido como el Prisma de Senaquerib, se ha
conservado una inscripción histórica en la cual éste hace mención
del sometimiento de Judá y de su ataque a Jerusalén. La disputa que
Senaquerib tuvo con su rey, Ezequías, fue debida al hecho de que
éste tenía prisionero a Padi, rey de la ciudad filistea de Ecrón,
«que era leal por su solemne juramento al dios Assur».



Senaquerib escribió:
«Al igual que hice con Ezequías de Judá, que no
se sometió a mi yugo, puse sitio a 46 de sus ciudades fortificadas y
fuertes amurallados, así como a incontables poblaciones de los
alrededores... Al mismo Ezequías hice prisionero en Jerusalén, su
residencia real; como a un pájaro en una jaula lo rodeé de
terraplenes... Las ciudades que había saqueado las separé de su país
y se las entregué a Mitini, rey de Ashdod; Padi, rey de Ecrón; y
Silibel, rey de Gaza. Reduciendo así su reino».
El sitio de Jerusalén ofrece varios detalles significativos. No hubo
un motivo directo, sino indirecto: que estuviera retenido allí
contra su voluntad el leal rey de Ecrón. El «sobrecogedor Fulgor, el
arma de Assur», que empleó para «aplastar las ciudades fortificadas»
de Fenicia y Filistea, no se utilizó contra Jerusalén.
 
Y el habitual
final de las inscripciones -«Luché con ellos y les infligí la
derrota»- no aparece en el caso de Jerusalén; Senaquerib se limitó a
reducir el tamaño de Judea, entregando las regiones periféricas a
los reyes vecinos.
Fig. 4

 
Además, la habitual afirmación de que un país o una ciudad fueron
atacados siguiendo las «órdenes dignas de crédito» del dios Assur
también están ausentes en el caso de Jerusalén; y uno se pregunta si
esto querrá decir que el ataque a la ciudad fue un ataque no
autorizado, un capricho de Senaquerib, que no un deseo de su dios.




Esta intrigante posibilidad se convierte en una convincente
probabilidad cuando leemos la otra parte de la historia, la que nos
llega a través del Antiguo Testamento.



Mientras Senaquerib pasaba por alto su fracaso en conquistar
Jerusalén, el relato que aparece en el segundo libro de Reyes,
capítulos 18 y 19, nos ofrece la historia al completo. Por la
crónica bíblica nos enteramos de que,
«en el decimocuarto año del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, cayó sobre todas las ciudades
amuralladas de Judá y las conquistó».
Entonces, envió a dos de sus
generales con un gran ejército hacia Jerusalén, la capital. Pero, en
vez de asaltar la ciudad, el general asirio Rab-Shakeh entabló un
intercambio verbal con los dirigentes de la ciudad, una conversación
que insistió en mantener en hebreo, para que toda la población
pudiera entenderles.



¿Qué es lo que tenía que decir que el populacho tuviera que saber?
El texto bíblico lo deja claro: ¡las conversaciones tenían que ver
con la cuestión de

si la invasión asiria de Judea estaba autorizada
por el Señor Yahveh o no
!
«Y Rab-Shakeh les dijo: Decidle a Ezequías: Así dice el gran rey, el
rey de Asiria: ¿Qué confianza es ésa en la que te fías?».

Si me decís:

«Nosotros confiamos en Yahveh, nuestro Dios»...
Entonces,

¿es que he venido contra este lugar para destruirlo
sin Yahveh?

Yahveh me dijo:
«¡Sube contra esa tierra y destruyela!».
Cuanto más rogaban los ministros del rey Ezequías, de pie ante las
murallas de la ciudad, que Rab-Shakeh dejara de decir esas
falsedades en hebreo, y que las expresara en arameo, que por
entonces era el idioma de la diplomacia, más se acercaba Rab-Shakeh
a las murallas para gritar sus palabras en hebreo, con el fin de que
todos pudieran oírlo. No tardó en emplear un lenguaje más duro con
los emisarios de Ezequías, para acabar degradando al mismo rey. Y al
final, exaltado por su propia oratoria, Rab-Shakeh abandonó el
reclamo de tener el permiso de Yahveh para atacar Jerusalén y se
puso a subestimar al mismísimo Dios.



Cuando a Ezequías se le relató la blasfemia,
«desgarró sus vestidos
y se cubrió de sayal, y se fue a la Casa de Yahveh... Y envió recado
al profeta Isaías, diciendo: 'Éste es un día de angustia,
reprobación y blasfemia... Que Yahveh, tu Señor, escuché todo lo que
ha dicho Rab-Shakeh, al cual su señor, el rey de Asiria, ha enviado
para menospreciar al Dios Vivo'. Y el Señor Yahveh respondió a
través del profeta Isaías: 'En lo relativo al rey de Asiria... por
donde vino, volverá; y en esta ciudad no entrará... pues yo la
defenderé para salvarla».
Y sucedió aquella noche,
que el ángel de Yahveh

salió e hirió en el campamento de los asirios
a ciento ochenta y cinco mil hombres;

y, he aquí, que al amanecer no había más que cadáveres.

Y así, Senaquerib, el rey de Asiria, partió, y regresando se quedó
en Nínive.
Según el Antiguo Testamento, después de que
Senaquerib volviera a
Nínive,
«sucedió que, mientras estaba postrado en el templo de su
dios Nisrok, Adrammélek y Saréser, sus hijos, le mataron a espada, y
escaparon al país de Ararat. Y Asaradón, su hijo, reinó en su
lugar».
Las crónicas asirías confirman el aserto bíblico.
Ciertamente, Senaquerib fue asesinado, y su hijo pequeño Asaradón
subió al trono después que él.



En una inscripción de Asaradón conocida como el Prisma B, se
describen los acontecimientos con mayor detalle. Por mandato de los
grandes dioses, Senaquerib había proclamado públicamente a su hijo
pequeño como sucesor.
«Él convocó al pueblo de Asiria, jóvenes y
viejos, e hizo que mis hermanos, los descendientes varones de mi
padre, prestaran juramento solemne en presencia de los dioses de
Asiria... con el fin de asegurar mi sucesión». Más tarde, los
hermanos romperían su juramento al matar a Senaquerib e intentar
matar a Asaradón, pero los dioses lo alejaron de ellos «y me
llevaron a un lugar oculto... preservándome para la realeza».


Después de un período de confusión, Asaradón recibió «un mandato
digno de crédito de los dioses: '¡Ve, no te demores! ¡Marcharemos
contigo!'».
La deidad que fue delegada para acompañar a
Asaradón fue Ishtar.
Cuando las fuerzas de sus hermanos salieron de Nínive para repeler
su ataque a la capital,
«Ishtar, la Dama de la Batalla, que deseaba
que fuera su sumo sacerdote, permaneció a mi lado. Ella rompió los
arcos de ellos, y dispersó su orden de batalla».
Una vez
desorganizadas las tropas ninivitas, Ishtar se dirigió a ellos en
nombre de Asaradón.
«Ante su egregia orden, se pasaron en masa a mi
bando y se reagruparon detrás de mí,» escribió Asaradón, «y me
reconocieron como su rey».
Tanto Asaradón como su hijo y sucesor
Assurbanipal intentaron
invadir Egipto, y ambos emplearon Armas de Fulgor en las batallas.
«El aterrador Fulgor de Assur», escribió Assurbanipal, «cegó al
faraón de manera que se volvió loco».
Otras inscripciones de Assurbanipal sugieren que su arma, que emitía
un intenso y cegador resplandor, la llevaban los dioses como parte
de su tocado. En una ocasión, un enemigo «quedó ciego por el
resplandor de la cabeza del dios». En otra, «Ishtar, que mora en
Arbela, vestida con Fuego Divino y luciendo el Tocado Radiante, hizo
llover llamas sobre Arabia».



También existen referencias en el Antiguo Testamento a esta Arma del
Fulgor
que podía cegar. Cuando los Ángeles (literalmente,
emisarios)
del Señor llegaron a Sodoma antes de su destrucción, el populacho
intentó echar abajo la puerta de la casa en la que se hospedaban. Y
los Ángeles «cegaron a los que estaban en la entrada de la casa... y
no podían encontrar la puerta».



Cuando Asiria alcanzó la supremacía, habiendo extendido sus dominios
incluso hasta el Bajo Egipto, sus reyes, en palabras del Señor al
profeta Isaías, olvidaron que no eran más que un instrumento del
Señor:
«¡Oh Asiría, el azote de mi ira! Mi cólera es la vara en sus
manos; contra las naciones impías los envío; y les hago cargar sobre
todo aquel pueblo que me enoja».
Pero los reyes asirios iban más
allá del mero castigo; «más bien está en su corazón aniquilar y
borrar no pocas naciones». Y esto iba más allá de lo que pretendía
Dios; por tanto, el Señor Yahveh anunció:
«Pediré cuentas al rey de
Asiría, pediré cuentas de los frutos de la creciente soberbia de su
corazón».
Las profecías bíblicas que predecían la caída de Asiría se hicieron
realidad cuando los rebeldes babilonios del sur reunieron a los
invasores del norte y del este para hacer caer Assur, la capital
religiosa, en el 614 a.C, y Nínive, la capital real, que fue
conquistada y saqueada dos años más tarde. Y la gran Asiría
desapareció.




Los reyes vasallos de Egipto y Babilonia tomaron la desintegración
del imperio asirio como una oportunidad para intentar restaurar sus
propias hegemonías. Los países que había entre ellos se
convirtieron, una vez más, en el ansiado premio, y los egipcios,
bajo el faraón Nekó, fueron más rápidos en la invasión de estos
territorios.



En Babilonia, Nabucodonosor II -tal como se informa en sus
inscripciones- recibió la orden del dios Marduk para que marchara
con su ejército hacia el oeste. La expedición se hizo posible
gracias a que «otro dios», el que tenía la soberanía original de la
región, ya «no deseaba el país de los cedros», y ahora «un enemigo
extranjero lo dominaba y lo esquilmaba».



En Jerusalén, los mandatos del Señor Yahveh a través de su profeta
Jeremías estaban del lado de Babilonia, pues el Señor Yahveh -que
llamaba a Nabucodonosor «mi siervo»- había decidido hacer del rey
babilónico el instrumento de Su ira contra los dioses de Egipto:
Así dice Yahveh, Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel:

«He aquí que yo mando en busca de Nabucodonosor, mi siervo...

Y él herirá la tierra de Egipto,
y dará muerte a quien sea para la muerte,

y cautiverio a quien sea para el cautiverio,
y espada a quien sea para la espada.


Y prenderé fuego en la casa de los dioses de Egipto,
y él los incendiará...


Y romperá los obeliscos de Heliópolis,
la que está en la tierra de Egipto;

y Las casas de los dioses de Egipto abrasará con fuego».
En el transcurso de esta campaña, el Señor Yahveh anunció que
también Jerusalén sería castigada por culpa de los pecados de su
pueblo, por haberse dedicado al culto de la «Reina del Cielo» y de
los dioses de Egipto:
«Mi ira y mi furia se derramarán sobre este
lugar... y arderá y no se apagará... Sobre la ciudad en la que mi
nombre se ha pronunciado vendrá la perdición».
Y así fue que en el
año 586 a.C.,
«Nabuzaradán, capitán de la guardia del rey de
Babilonia, entró en Jerusalén; e incendió la Casa de Yahveh, y la
casa del rey, y todas las casas de Jerusalén... y el ejército de los
caldeos echó abajo las murallas que rodeaban Jerusalén».
Sin
embargo, Yahveh prometió que esta desolación se prolongaría sólo
durante setenta años.



El rey que tuvo que cumplir esta promesa y permitir la
reconstrucción del Templo de Jerusalén fue Ciro. Se cree que sus
antepasados, que hablaban una lengua indoeuropea, habían emigrado
hacia el sur desde la región del Mar Caspio hasta la provincia de
Anzán, en la costa oriental del Golfo Pérsico. Allí, Hakham-Anish
(«Hombre Sabio»), el líder de los emigrantes, inició una dinastía a
la que hemos dado en llamar dinastía de los Aqueménidas; sus
descendientes -Ciro, Darío, Jerjes- hicieron historia como soberanos
de lo que fue el imperio persa.



Cuando Ciro ascendió al trono de Anzán en el 549 a.C, su país era
una distante provincia de Elam y Media. En Babilonia, por entonces
centro del poder, el trono estaba ocupado por Nabunaid, que se
convirtió en rey en circunstancias poco normales: no por la habitual
elección del dios Marduk, sino como resultado de un peculiar pacto
entre una Suma Sacerdotisa (la madre de Nabunaid) y el dios Sin.
 
En
una tablilla parcialmente dañada se recoge la acusación de la que
acabaría siendo objeto Nabunaid:
«Puso una estatua herética sobre
una base... pronunció su nombre 'el dios Sin'... En el momento
oportuno de la Festividad de Año Nuevo, aconsejó que no hubiera
celebraciones... Confundió los ritos y trastocó las ordenanzas».
Mientras Ciro estaba ocupado peleando contra los griegos de Asia
Menor, Marduk, que quería recuperar su posición como dios nacional
de Babilonia,
«buscó y rebuscó por muchos países, intentando
encontrar a un soberano justo y dispuesto a ser dirigido. Y
pronunció el nombre de Ciro, Rey de Anzán, y dijo su nombre para que
fuera el soberano de todas las tierras».
Después de que las primeras acciones de Ciro demostraran ser acordes
con los deseos del dios, Marduk,
«le ordenó que marchara contra su
propia ciudad. Babilonia. Hizo que saliera al camino de Babilonia,
yendo a su lado como un amigo de verdad».
Así, literalmente
acompañado por el dios, Ciro pudo tomar Babilonia sin derramamiento
de sangre. En el día correspondiente al 20 de marzo del 538 a.C,
Ciro «sostuvo las manos de Bel [el Señor] Marduk» en el recinto
sagrado de Babilonia. El día de Año Nuevo, su hijo, Cambises, ofició
la restaurada festividad en honor a Marduk.



Ciro dejó a sus sucesores un imperio que abarcaba en uno solo a
todos los primitivos imperios y reinos de la región. Sumer, Acad,
Babilonia y Asiría en Mesopotamia; Elam y Media en el este; las
tierras del norte; las tierras hititas y griegas en Asia Menor;
Fenicia, Canaán y Filistea; todos se encontraban ahora bajo la
soberanía de un rey y de un dios supremo, Ahura-Mazda, Dios de la
Verdad y la Luz.
 
En la antigua Persia, se le representaba como a un
dios barbado (Fig. 5 a) que cruzaba los cielos dentro de un Disco
Alado
, muy parecido al modo en que los asirios habían representado a
su dios supremo, Assur (Fig. 5 b).
Fig. 5

 
Cuando murió Ciro, en el 529 a.C, la única tierra que seguía siendo
independiente con sus dioses independientes era Egipto. Cuatro años
después, su hijo y sucesor, Cambises, llevó a sus tropas a lo largo
de la costa mediterránea de la península del Sinaí y derrotó a los
egipcios en Pelusium; pocos meses después entraba en Menfis, la
capital real de Egipto, y se proclamaba faraón.



A pesar de su victoria, Cambises se cuidó mucho de emplear en las
inscripciones egipcias la habitual fórmula de apertura: «el gran
dios, Ahura-Mazda, me eligió». Reconocía así que Egipto no entraba
dentro de los dominios de su dios. Como deferencia a los dioses
independientes de Egipto, Cambises se postró ante sus estatuas,
aceptando su dominio. A cambio, los sacerdotes egipcios
legitimizaron su soberanía sobre Egipto, concediéndole el título de
«Descendiente de Ra».



El mundo antiguo se hallaba ahora unido bajo un único rey, elegido
por el «gran dios de la verdad y la luz» y aceptado por los dioses
de Egipto. Ni dioses ni hombres tendrían ahora motivos para guerrear
entre sí. ¡Paz en la Tierra!



Pero la paz fracasó al final. Al otro lado del Mediterráneo, los
griegos iban creciendo en riquezas, poder y ambición, y cada vez se
daban más conflictos, tanto locales como internacionales, en Asia
Menor, el Mar Egeo y el Mediterráneo oriental. En el 490 a.C, Dario
I
intentó invadir Grecia y fue derrotado en Maratón; nueve años
después, Jerjes I fue derrotado en Salamina. Siglo y medio más
tarde, Alejandro de Macedonia cruzaba desde Europa para lanzar una
campaña de conquista que vería correr la sangre de hombres de todas
las tierras de la antigüedad hasta la India.



¿Acaso llevaba a cabo un «mandato digno de crédito» de los dioses?
Nada de eso. Creyendo una leyenda según la cual su padre había sido
un dios egipcio, Alejandro conquistó Egipto para escuchar el oráculo
del dios que le confirmara sus orígenes semidivinos. Pero el oráculo
también le predijo su temprana muerte, y los viajes y conquistas de
Alejandro vinieron motivados, a partir de este momento, por su
búsqueda de las Aguas de la Vida, de las cuales anhelaba beber para
eludir su destino.



A pesar de tanta carnicería, murió joven y en la flor de la vida. Y,
desde entonces, las Guerras de los Hombres han sido sólo las guerras
de los hombres.